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BRÍGIDA T SU BODA Mercedes- ¡Ahí voy a darte las buenas noches I- -Buenas noches, rubia Mercedes. Pareces una santa de vidriera catedralicia, con tus largas trenzas doradas y tu vestido azul pálido con mangas anchas. Ella se ríe de mi ocurrencia, y responde: -Buenas noches, morena Brígida, que tienes todo el aspecto de una parisiense de las de ahora, con tu gorrito de encaje, tu cabello rizado y tu precioso quimono de flores grandes. Ven al balcón a contemplar las estrellas errantes. Nos callamos ambas. Los cohetes de luz cruzan el cielo y yo me acuerdo de la antigua tradición según la cual los deseos que se formaban viendo correr una estrella se cumplen. Un deseo... Sí: quisiera que cierto viajero esté de vuelta antes de que yo me marche de Los Zarzalillos. Todo le recuerda aquí... Su madre, sus tías, los criados y los campesinos cantan sus alabanzas. ¡Quisiera conocerle mejor! Pero, serás digna de aproximarte a su alma, pobre Brígida, un tanto ligera, independiente, inclinada a divertirte, a buscar elogios y distracciones? i Ay! No soy más que una chiquilla. Gaspar es un hombre. Ha estado en la guerra, que en todos dejó huellas tan profundas. Tiene ideales de arte, de vida moral y religiosa; yo, en cambio, busco aún tantas cosas... ¡Qué tiempo tan hermoso! El viento, leve, agita los encajes de mi gorrito de dormir, y las mangas de Mercedes se abren como si fueran alas. La paz del campo feliz nos rodea. Dulzura... Silencio que sólo se ve interrumpido por las notas argentinas que emite una ranita a orilla del agua. Enmudecemos, contemplando las estrellas... y nuestro porvenir. Brígida, viajera. Resueltamente, cuando una sabe arreglárselas, consigue muchas cosas de su familia. Queríamos viajar- -los que queríamos somos Ivo, Dionisio y yo- Cada miembro del terceto tenía sus particulares razones. Ivo quería olvidarse de María, que ha jugado con él como un gato con un ratoncillo. Dionisio, que se aburría en los baños de mar, pues sus paratíficas le privaron de todas las diversiones gratas a su edad de muchacho crecido, medio niño, medio hombrecito, necesitaba una compensación, como él mismo dijo en la desenvoltura propia de la pene (generación) joven. En cuanto a mí... el caso era muy complejo: quería moverme, ver cosas nuevas, procurar pasto a esta picara alma en crisis de crecimiento y cuva evolución advierto con toda claridad desde hace unos meses. Quería ver gente, pueblos, paisajes; encontrar temas nuevos para ensueños nuevos también y agradables. Y además... al acabar, diré cuál era mi secreta e insensata esperanza. Nos fuimos, pues, todos: papá, mamá, Brígida y los chicos y encaminamos nuestros pasos a Bélgica. Fué cosa mía lo de ir a Bélgica, y obedecía a la misma razón misteriosa que dentro de poco revelaré. Aparte de esto, deseaba sinceramente conocer a aquellos vecinos heroicos y apacibles, que tan hermosa lección dieron a los boches, en 1914. Anhelaba recorrer su país, tan fértil en flores hermosas del ingenio. Demostré a papá que el cambio nos era favorable, y que ir a Bélgica valía tanto como hacer un buen negocio. Se dejó convencer en seguida: había echado muy de menos a su hija durante la estancia de ésta en Los Zarzalillos, y estaba predispuesto a la indulgencia. Haj que reconocer que eso de ausentarse tiene su lado bueno. A pesar de los defectos que me echan en cara veinte veces al día, mi familia notaba mi falta, y ahora hay más cariño para esta Brígida, hermana revoltosa, hija independiente, pero que les quiere muchísimo a todos y sabe animar la casa con risas y cánticos. ¡Andando! No es cosa tan fácil como parece preparar un viafe. En otro tiempo la gente era muy fácil de conformar. Yo sorprendí, apené a mamá, casi la puse enferma, al declarar que no viajaría de ningún modo con el vestido número dos o número tres, sino que me pondría mi gabán nuevo, mi sombrero nuevo y mi vestido de kaisha nuevo. -Pero, hija mía. ¡Así vas a estropear toda tu ropa! -En tiempo de las diligencias sí se manchaban los viajeros: pero ahora, en un buen tren rápido, no está nadie expuesto a ninguna clase de intemperies. En cuanto al polvo. ¡bah! sobre el color pardo no se nota, y este verano no se viste nadie de otro color. -No puedes hallarte a gusto. Estarás temiendo a cada momento arrugar el vestido, deformar el sombrero. Menos a gusto estaría vestida con trapos viejos, que me avergonzarían. Mira, mamaíta: no podré disfrutar de diversión alguna si comprendo que estov fea. pasada de moda, mustia, deshilachada. Deja que me vi. sta como una viajera elegante. Detrás de una puerta medio abierta escuchaba Dionisio la discusión, y me animaba, por rndin. con señas misterio. sas, que querían significar: ¡Besiste! Yo también ouiero ponerme mi traie nuevo, ¡Fuera el traje número dos! ¡Nada de ropas viejas! Ignoro cómo se realizó el milagro; lo cierto es nue nos pusimos la ropa que queríamos. Como es de suponer, mamá llevaba el abrigo y el sombrero del año anterior. Así y todo, estaba encantadora de verdad. Yo va no tengo esperanzas de adoptar esos aires de gran señora que tiene mi madre. Nosotras, las parisienses de hoy. tenemos todas la misma apariencia. El viaje ha sido delicioso, annnue los chicos estuvieron insoportables, i Dichosos hom-