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I. A MUJER Y LA CAS A tos agujeros al golf en tu Qub con un profesional? ¿No? ¡Pues entoncef. Todo esto no era muy halagador para mí; pero he aquí el punto de vista de muchas personas; solamente las americanas y las señoras viejas y gordas se ríen del qué dirán con tal de divertirse; estas personas llevan consigo una pareja de baile, como pudieran llevar un secretario- o un chauffeur. No crean ustedes, sin embargo, que es ésta una situación fácil. Hay que tener nmcho cuidado. Yo no puedo decir todo lo que pienso m hacer todo lo que quiero. Ten, go que parecer siempre de buen humor y, a menudo, he de escuchar con cara complacida la serie de necedades que me dicen algunas mujeres completamente tontas, mientras que otras veces debo mantener a distancia a la mujer sentimental que quiere comprom- íterse en una intriga amorosa. En cuanto me dicen que les pesa su soledad o que sus maridos las abandonan o no ¡as comprenden, me echo a temblar, y en el acto busco otra cliente. Harto sé que algunos profesionales ¡as alientan; pero yo he viajado mucho y sé que éste es un juego peligroso. En lo que para todo. De lo contrario, se cae en el demimonde, y hay que agarrarse a todo lo que ofrece aspecto de tener dinero. ¡Cuántas veces lo he visto! El año pasado dos conocidos míos fueron acusados y presos por chantage, y, sin embargo, habían empezado como profesionales muy tranquilos, muy comme il faut; pero eran débiles y no pudieron resistir a la tentación de ganar dinero fácilmente, cuando una mujer se enamoró de ellos y empezó a dirigirles cartas comprometedoras. No se dieron cuenta, naturalmente, de lo peligroso que era su juego, cuando se pusieron a amenazar con que dirían todo al marido Pero los jueces y los jurados no entienden de esto, y, por menos de nada, le colocan a uno de tres a diez años de trabajos fori. ados en cuanto se descuida. Respecto a mí, me contento con asuntos limpios y un trabajo regular; me conviene más. Si una mujer quiere bailar, es muy dueña de hacer su gusto; a mí lo que me interesa es saber que va a pagar. Si hay com petencia porque una mujer me ve bailar con otra que sea gtiapa y decide que me quiere, como pareja, a cualquier precio, mi papel sube y mi beneficio también; es legitimo. Una vez cobré o libras por un contrato de fin de semana Bailaba en ai uella época en un hotel de Londres, pues no tenía colocación fija. Me encontraba en una mes- a del salón de baile con una bailarina profesional, y abríamos la danza para animar a los consumidores, estando también a la disposición de los que quisieran alquilarnos en calidad de parejas profesionales. iVIe di cuenta de que una señora me miraba con demasiada insistencia. Era gruesa, rubia y aparentaba contar de cuarenta a cincuenta años; maquillada hasta los ojos, vestida con una especie de túnica de pJata. y todo ella constelada de diamantes, la acompañaban otras dos mujeres, en las que no pude fijarme, porque la matrona las eclipsaba m- aterialm. ente con sus destellos. De repente vi al maítrc acercarse hasta mí; la señora me enviaba, por medio de él, sus saludos, y me rogaba fuera a beber con eilla una copa de vino. En el acto me di cuenta de ¡lo que quería, y como el muchacho era un buen camarada, le pregunté si aquella señora sabía que mi pareja era una profesional del establecimiento. N o lo ignoraba. Entonces dije al maítre que fuera a manifestar a aquella dama que, efectivamente, había cumplido su embajada; pero que la señora que estaba conmigo se había puesto furiosa; que, ello no obstante, iría a ponerme a sus órdenes tan pronto como me fuese posible. La hice esperar cerca de una hora; pero, al fin, fui a su mesa. Pretendía saber si yo consentiría en ser su pareja el sábado y el domingo siguientes, pues el lunes se marchaba a París. Le contesta que lo sentía, que me había de ser muy difícil... Me cortó la palabra diciéndome: Le daré 7.000 francos. Hice un cálculo rapidísimo: aquella suma, al cambio del día, representaba 60 libras... ¡Acepté! Se trataba de la esposa divorciada de un miillonario francés, comerciante en champaña. Pesaba, eso sí, alrededor de los cien kilos; pero me pagó admirablemente, y me dio dos comidas maravillosas. Después he vuelto a bailar con ella en París y en Suiza; pero las condiciones eran ya diferentes. Patronas generosas. Un amJgo mío ha tenido, todavía más suerte que yó. No podía encontrar trabajo en Inglaterra y se contrató en una compañía de teatro que iba a Nueva York. En el barco, a la vuelta, trabó conocimiento con una rica viuda canadiense que le tomó a su servicio.