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L A TEMAS FEMENINOS MUJ E R Y LA CASA La No es p o s i b l e en estos días dejar de dedicar siquiera el más leve recuerdo, el más iígero c o m e n t a r i o a nuestra mantilla. ¿Murió? ¿M o r i r á? Todos los a ñ o s p o r e. stas fechas, se n o s pronostica su inminente defunción. La mantilla, como el mantón, la música flamenca y la zarzuela, agonizan. Su vida es miserable, p r e c a r i a n o podrá durar. Y he aquí que, desde hace unos años, el mantón, en v e r a n o sub. stitui e a la salida de teatro, al a b r i g o de noche que l o s dos únicos teatros de la corte para los cuales toda esta temporada no es enero son el que anuncia los cantaores antes qne los actores, y el ique iba ido a buscar las zarzuelas de n u e s t r o s abuelos debajo del polvo y las telarañas que la opereta, primero, y la revista, después, habían amontonado e n cima de ellas, al parecer per sécula sectdórmn. Y he aquí que, a pesar de la ausencia Vid Nosotras. A U N Q U E SOLO F U E S E POR O R G U L L O LAS SELLES MADAMES QUE SUE- ÑAN CON PARECERSE A LA ARGENTINA... de moños y del arduo equilibrio de las peinetas, en estos días de Semana Santa miestra manPiüa se ha paseado, triunfalmente, como atributo de nuestra elegancia. Nuestra, sí. Porque hay también la mantilla de las otras, de todas las demás que no somos nosotras, y que guarda tan poca relación con la nuestra, que ni mantilla parece. Hay esa mantilla que las otras, celosas de esta elegancia sobria, señora y favorecedora como ninguna, intentan ponerse de cuando en cuando. Intentan nada más: la tarea no es menos vana para la refinadísima parisiense que para cualquier negrita recjén descendida del cocotero. Las belles madames que sueñan con parecerse a la Argentina han de renunciar a sus ilusiones: la mantilla es sólo para nosotras. Y por eso, por orgullo, no hemos de dejarla morir nunca. M u j e r d e antaño, mujer d e siempre. Henry de Montherlant, el francés más orgulloso de ser francés y que más daría por ser español, acaba de descubrir ante el mundo (ese mundo total que es el de un escritor francés en boga) la existencia de una elegancia femenina que puede no ser la francesa y que es precisamente la española. Su último libro. La petite infante de Castille, celebra lo que menos podía uno esperar flue su autor celebrara: el nimbo de vida recoleta, callada, paciente y de una pieza (una oieza de serenidad y abnegación) que el ideal femenino ofrece todavía en España. El mismo lo ha confesado; desipués de celebrar con entusiasmo el tipo de mujer ama-