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A C T u AL l í) A O E S V Í La furia del jazz- hand reemplazó la hegemonía tsiganesca. Los negros sonrientes, de pelo corto, derrotaron a las cabelleras húngaras. Y, como me decía una noche cierta joven romántica y cabaretística: Créame, amigo. Es cuestión de gustos. Yo estoy con el poeta: Todo es seg- ün el color del cristal con que sie mira. Y el suyo, al señalarme a un mulato que tocaba con gran solemnidad el saxofón, debía ser de aumento. El juego de primavera ya está completo. Toros y circo. Títeres en el redondel y en la pista. Los aficionados a la fiesta nacional no parecen muy satisfecho- s. Se lamentan de que la inauguración de la temporada no ha tenido este año la brillantez espectacular de otros tiempos, y todo es añorar el pasado, Pero entre tantos recuerdos, jamás se acordó nadie de Noé- -cuidado, no confundirlo con Noel- Esto me parece una tremenda ingratitud. Ningún buen aficionado puede olvidar que al patriarca Noé se debe el espectáculo nacional por excelencia. Sí. Porque es indiscutible que si Noé no se hubiera preocupado al recibir el encarguito de salvar del Diluvio una pareja de animales de cada especie, de meter en el Arca, después del apartado un toro semental y una vaca brava, no existirían las actuales ganaderías y por ende las corridas de toros. ¿No es así? Nada, se impone un homenaje a papá Noé. Vengan firmas. Tal estrago hicieron en el sexo femenino, que hasta se organizó en Viena un Centro para la exportación de violinistas húngaros, completamente garantizados. Las pequeñas orquestas de tsiganes en los balnearios y hoteles de moda fueron un foco de infección pasional, y raro era que los que la formaban terminasen su contrato sin fugarse con alguna princesa, que, al caer en sus brazos, inmediatamente les ponía un piso. Así que la mayoría de los virtuosos aprendían a tocar el violín solamente como instrumento para cazar princesas en primeras o segundas nupcias, o con perjuicio de tercero, que en esto no eran muy escrupulosos los sugestivos tsiganes. Pero algunos viles falsificadores estropearon el negocio: las princesas se escamaron, y por algún tiempo, en determinadas Cortes de Europa, los augustos consortes durmieron tranquilos y las princesas se iBOistraron juiciosas. Mas, ¡ay! todo aquello acabó. Los violines húngaros perdieron su encanto brujo y fueron para las románticas princesas un instrumento tan indiferente como pudiera serlo un acordeón u o t r o artefacto de molesta persistencia. Luis Gabaldón. (DIBUJOS DE XAUDARO)