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A C T U A L I D A D E S La semana humorística. POLVILLOS DE TALCO S IENTO mucho la mala noticia que voy a darles. ¡Cuántas ilusiones en tierra. Pero, en fin, allá va. Sepan ustedes que el amor, señores, ¡el amor! no es, a juicio de un sabio alemán, otra cosa que un insignificante, vulgarísimo microbio y no un sentimiento ni manifestación del (espíritu. ¿Qué hay de eso? ¡Adiós, poesía! Como a tal microbio, habrá que salirle al paso, preparando algún suero antipasional. Bastarán, pues, unas cuantas inyecciones para concluir con el amor más desesperado. j Vaya, por Dios! i El amor, un microbio también! ¡Qué cosas nos quedan aún por ver en esite deleznable mundo! ¿Que hay hombres tan insignificantes como un microbio, que se permiten hacer el amor a reales hembras? Ya lo sabíamos; pero, vamos, lo que no era posible suponer es que se pudieran acabar unas relaciones con ayuda de una jeringuilla. El microbio agresivo no respeta nada, ab- solutamente nada, ni siquiera el inofensivo laúd de los bardos. En las hojas de los libros, en las columnas de los periódicos, en los prospectos que nos dan en la calle, el microbio acecha, y si somos su tipo, ¡zas! se lanza traidoramente sobre nosotros. Nada, no se puede escupir, no se puede leer, no se puede fumar, y ahora, hasta en el amor se ha manifestado. Y gracias a que los leales leucocitos contienen, en lo posible, los estragos de esta especie de sindicalización microbicida, y por ello hay que declararles beneméritos del organismo. Son algo así, situándolos en la actualidad, como los somatenes de nuestra red orgánica interurbana individual. ¡Oh, las milicias de los leucocitos! Bien haremos en estimularles para que de una vez acabemos con la invasión del microbio, que está matando, no sólo la prosa, sino también el amor, la poesía de la vida. Recuerda un cronista, al hablar de la muerte de la princesa Caraanian- Chimay, ocurrida en estos días, la crónica escandalosa de su tiempo: los amores de aquella bddad con el violinista Rigo, que pasearon orgullosamente por los grandes hoteles del mundo. Triunfaban entonces la opereta y los violinistas húngaros, que, con su arco mágico, transportaban- -cosa muy fácil para un músico- -a las princesas de la ilusión. Y lo que son las cosas: nunca se supio que inspirara locura alguna un contrabajo. Debía influir la poca estética del instrumento, i Húngaro y violinista! E poi moríre, podían exclamar, con presunción, los afortunados mortales.