Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
LETRAS, ARTES, CIENCIAS vincias, con la ropa apestando a naftalina. Tal cual dama intrigante. Lo de siempre. Alguien vendrá. No tengo prisa. En esto, cruza rápidamente Marquitos, el secretario particular de Su Excelencia. Los secretarios particulares de los prohombres van siempre de prisa, y Marquitos, que es menudo y ágil, se mueve con rapidez vertiginosa, como una gota de mercurio en un plato de metal. Antes de hacerme presente, me ve de lejos y se me aproxima, sonriendo. Los secretarios particulares, además de la rapidez, cultivan la sonrisa. ¿Usted por aquí? -me dice, tendiéndome la diestra. -A saludar al ministro, para recordarle mi asunto. Y expongo mis deseos a IV Iarquitos en dos palabras. ¿Sabe él que usted le espera? -El mayor le habrá pasado mi tarjeta. -Puede no liaberse enterado. Voy a decírselo. Se escurre la g- ota de mercurio, hasta desaparecer tras una puerta. A los pocos minutos resurge, y rae hace señas desde el umbral. -Pase u. sted. El ministro me recibe afectuoso. Es encantador este hombre, nada envanecido por el vértigo de las alturas. Le refiero mi caso. Un caso de urgencia. I a Real orden que persig- o ha de publicarse en ia Gaceta antes de ocho días. -Se publicará. Tiene usted razón sobrada. Voy a decírselo ahora mismo al subsecretario. Puedo bajar yo... -No hace falta. Tiene que subirme la ñrma. Siéntese usted ahí. A ver, Marquitos, que suba el subsecretario. Sale Marquitos y vuelve al punto. Sin duda le ha dado el encargo al portero mayor, porque desde mi asiento, a un extremo del despacho, veo al panzudo funcionario- -el portero mayor de todo ministerio es panzudo siempre- que se aproxima al tubo acústico empotrado en la pared, y sopla, inflando los carrillos apopléticos. ¿Eres tú, Selapio? Dice el niinis que suba el subse. Por fortuna no le ha oído nadie más que yo. De otro modo, tal vez no hubieran pasado sin protesta los apócopes irrespetuosos. El subsecretario es también amable y comprensivo. -Descuide usted. Es cosa hecha. Hoy mismo se lo diré al director general. Claro que hasta mañana no harán la minuta. Pero tenemos tiempo de sobra. Saludos, gratitudes, apretones de manos. Al día siguiente, como es lógico, me presento al director general. -Están con ello. Me habló ayer el subsecretario. Tiene mucho interés, y yo lo mismo. Es de justicia. Para que usted se convenza, voy a llamar. Pulsa un timbre. Preséntase un ordenanza. -Que venga López. No tarda en comparecer López. Es el eterno covachuelista, al que sólo falta la pluma de ave y el tintero de cuerno para semejar arrancado de un artículo de Antonio Flores. Tiene en la cabeza el Alcubilla y las leyes de Medina y Marañón. No es de extrañar que lleve el cuello de la americana lleno de caspa. Es que le rezuma el cascote legislativo. -Mándeme el señor director. -El señor es el intere. sado en el asunto que ayer le recomendé. Supongo que lo habrá estudiado. -Estoy redactando la minuta. Mañana se pondrá en limpio. ¿Desea algo más el señor director? -Puede retirarse. Obedece López. Yo también me retiro, después de agradecer la diligencia con que se me complace. Esto es un encanto. ¿Y hablan luego de la Administración española? Palabras, palabras, que dijo el majareta danés. Al día siguiente, busco a López. La minuta, redactada de acuerdo con mis pretensiones, está en manos de la mecanógrafa. -La señorita Luz la tiene. Pregunte usted por la señorita Luz. En aquel despacho de enfrente. Sabido es que, de algún tiempo a esta parte, el feminismo se ha hecho burócrata. Las oficinas públicas están tomadas por el sexo bello, y en vez del clásico puro con que antes se estimulaba la actividad del funcionario de menor cuantía, hay que usar ahora una bolsita de caramelos y bombones. La señorita Luz es una verdadera monada. Acepta el caramelo que le ofrezco, y me dice que está con lo mío. Vea usted. En la máquina lo tengo. Mañana se firma. Nuevas gracias, y un bombón. I a señorita Luz se lo come, y prosigue tecleando. En el mismo despacho trabajan otras señoritas, y también varios empleados del sexo masculino, que no se dedican a piropearlas, como parece lógico. UnO de ellos levanta la cabeza del pupitre y mira a la señorita Luz. Ahora viene el piropo. Pero, no. El funcionario masculino dice, en tono destemplado -i Qué ha hecho usted de la minuta que estaba copiando ayer? No es un piropo, precisamente. La señorita Luz nO se inmuta, y le responde que está en la carpeta de menos urgentes. El funcionario masculino rezonga unas frases despectivas, en vez de decir: Ole su señora madre que era lo natural. Estoy asombrado. Por lo demás, me voy tranquilo. Mi asunto va bien. Sobra tiempo. Claro es que persigo el expediente en su marcha ascensional para recoger las firmas del director general, del subsecretario, del ministro. Ya están todas. Delante de mí sale la orden de inserción para