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I ETRAS, ARTES, CIENCIAS BIFLIOTCC 1 prendían en aquella atmósfera tibia, con circunsfantes siempre comedidos, en ambiente, por lo general, íntimo, como de familia. Lo único alto consentido era la temperatura física, siempre en los in iernos superior a 25 grados centígrados. Estaban proscritas las corrientes peligrosas de viento: había im ujier destinado a evitarlas, y cierto presidente estableció, ademá. s, una bujía delatora; apenas su llama acusaba una vacilación, imponíase una multa al f iie ten a la misión de impedir los posibles peligros de un resfriado. Las grandes figuras parlamentarias no escogían el Senado para lucirse e imponerse. En la Cámara popular brillaron los principales jefes de Gobiernos parlamentarios, empezando por Martínez de la Rosa; en ella obtuvieron su indi. scutible supremacía Cánovas, Sagasta, Silvela, Villaverde, Canalejas y Dato. Hubo, es verdad, algunos significados senadores, como Montero Ríos y Sánchez de Toca; pero, en conjunto, los presidentes de Gabinete no diputados fueron generales del Ejército, como Concha, Xarváez, O Donnell y Martínez Campos. El palacio del Senado abrió sus puertas para que se celebraran solemnidades distintas a su objeto, pero siempre de gran trascendencia. Quintana, el gran poeta, recibió de Isabel 1.1 una corona de oro, -ceñida con gran pompa en el salón de la primer Cámara. Porque es el caso (jue, con arreglo a varias consideraciones, el Senado parecía superior a la otra Cámara, y estaba compuesto por miembros de derecho j) ro io y de nombramiento de la Corona, aun teniéndolos también designados por elección, pero no directamente, sino en segundo grado; mas las inclinaciones piJWicas aparecían siempre en favor de los hombres naci los de las controversias, de los alardes propios del Congreso, bajo cuyas bóvedas resonaron los acentos elocuentísimos de Ríos Rosas, Aparici y Gu jarro, Castelar. Martos, Salmerón, Maura 3 Canalejas, liunbreras irreemplazable. s- -por lo menos, ha. sta hoy no lo han sido- -del pcdcrío de la palabra. Pero ese imperio pasó, o al menos está obscurecido: muchos le desconocen, v envidiemos la ignorancia en que viven. En tanto, pensemos en la apacible tranquilidad que rodea al palacio del Senado. Xingiín ruido le estremece; ninguna perturbación altera sus estancias. Conterni lémosle en su (juietud majestuosa, considerando que ahora es un recuerilo y en otros tiempos constituía muchas esjperanzas. Pero siempre le acompañó el respeto. Trancos T odríguez. (FOTOS V- MUltO)