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LETRAS, ARTES, CIENCIAS escribía sus nombradas Tradiciones granadinas; el benjamín era Pedro Antonio de Alarcón, que contaba entonces catorce años no cumplidos. La cita más frecuente era en casa de Requena Espinar; unos a otros leíanse sus trabajos, en los que no faltaron ensayos dramáticos, pésimas imitaciones del Gusmán el Bueno, de Gil y Zarate. Alarcón hizo uno que tituló La destrucción de Ntimancia. Como labor seria destácase la fundación de la Biblioteca Española bajo la dirección de Tarrago y Mateos, verdadero incitador de sus amigos, y en la que se publicaron algunos voliímenes de novelas editadas en Madrid en la imprenta de J. Llórente. La familia de Alarcón era más rica en hidalguía que en onzas, tanto que ha 3 ta le vemos mendigar ciertas liberalidades del Seminario Diocesano de Guadix, y no puede soportar el sacrificio de costear a D. Pedro Antonio estudios universitarios, pues, apenas comenzados los de la Facultad de Jurisprudencia, en Granada, ha de trocarlos por la Teología, ingresando para hacerse- -mejor, para hacerlo- -clérigo en el Seminario de su ciudad nata! donde había terminado el Bachillerato de Filosofía aquel mismo curso de i347. Pero a Alarcón, que nunca por entonces se había separado del hogar paterno, un mundo d- e rumbos muy distintos de los que de ordinario le ofrecía Guadix descubríale la asidua concurrencia a aquellas reuniones; a las mismas se debe el estímulo de su vocación literaria y la orientación de su primitiva técnica, y ya no tuvo r a las restricciones lógicas de su nueva situación un espíritu de resignado acomodo; lejos de eso, mantuvo enérgica predisposición en contra; el estado del Serñinario no era tampoco muy acogedor: los colegiales, faltos de disciplina íntima, no hacían vida común, y tan sólo ei Seminario les servia para gozar del beneficio de incorporación de estudios y aspirar a las órdenes sagradas, y, muy escaso de recursos, no hay que decir que- -desgraciadamente- -sus enseñanzas no serían muy completas. No es raro, por tanto, que Alarcón- -en quien ya se había despertado una intensa avidez intelectual- -buscara fuera del Seminario medios con que satisfacerla. Y por cierto que no los encontró e. scasos, aun dentro de la penuria de su pueblo, en los restos de las expoliadas librerías conventuales, malbaratadas o abandonadas, y en algunos otros volúmenes que le prestaba en secreto una señora, medio casada, medio viuda, que habiendo sido guapa, aún cuidaba mucho de su persona la que, si se complacía al principio en fomentarle la devoción poi- lo heroico y maravilloso, ternu nó dándole el reserí ado de sus lecturas, de no muy íntegra moralidad. La biblioteca de Alarcón fué, pues, de una asombrosa mezcolanza; junto a los más vedados finitos de la Enciclopedia, las homilías de los Santos Padres; hermanando con libros de astrología y alqui- mia, obras de intrincada polémica escolástica, la defectuosa geografía de los antiguos y otros volúmenes, ora ascético. s, ora mundanos en demasía. Júntese a eso la falta de preparación y sosiego necesarios para digerirlos, pues hubo de leerlos unas veces escondido en una vieja torre de su casa y otras aprovechando la impunidad de las más avanzadas horas de la noche, bajo el encubrimiento fiel de su hermano Luis, para burlar inquisitivas vigilancias familiares, siempre dispuestas a impedir todo lo que no contribuyese a cimentar su escasa vocación eclesiástica, y tendrá explicación aquella algarabía en su cabeza a que ha de aludir en el prólogo- dedicatoria de sus Viajes por España. En ese autodidactismo- -del ¡que alguna vez se vanagloria con sobrada razón y legítimo org- uUo- -resalta la voluntad eficacísima que después le reconoce y admira Gregorio Cruzada Viilaamil, pues estando muchos de aquellos libros redactados en italiano y en francés, idiomas que él no conocía, ingenió el modo de hacerlos comprender cotejando palabras italianas y francesas con castellanas y latinas, teniendo a la vista los mismos textos en una y otra lengua. No obstante sus pocos años, Alarcón fué juicioso, no desconocía el fondo de razón que tenía la firme decisión paterna de ue fuera clérigo: eran diez hermanos- -de los oue Pedro era el cuarto- y los mayores debían ayudar a los más jóvenes; además, ¿cómo atreverse sus padres a fomentarle su vocación literaria en tales tiempos, en que la profesión, de las letras era más imoroductiva que hoy, máxime sin contar con los medios precisos para conseguir abrirse paso? De un lado las amonestaciones de su familia, y de otro la energía de su vocación, le mantuvieron en un estado de ánimo que, si es casi superior a las fuerzas de un hombre, es poco menos que inconcebible en quien acaba de salir de la infancia. Pero llegó el momento de la necesidad de una definitiva resolución, retardada por el cariño filial que le hacía sentir la desolación de su familia ante su obstinada negativa estudiaba ya cuarto año de Teología y no había otro remedio que ordenar. se; ante esto, examinóse a sí mismo, y, viéndo. se sin fuerzas para ser sacerdote, sucedió lo que debía: abandonar el Seminario, que fué al acabar el primer trimestre del curso de 1850- 51. ¿Mas qué camino tomar fuera del Seminario y sin elementos para emprender nueva ruta? El de tantos otros jóvenes que tienen una mediana cultura de humanidades el pieriodismo. Por mediación de su amistad con Tarrago y Mateos, entró Alarcón en relaciones con mi gaditano para publicar en Cádiz un periódico, cuyo original él enviaría desde Guadix. A tales negociaciones debió su origen El Fxn de Occidente, semanario de ciencias, literatura y bellas artes, cuyo primer número salió el i. de agosto de 1852, y en