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GRAN MUNDO ELLA. ¿Tan grande es? Yo. -Tan grande. Como lo es t o d a la casa, donde hasta los jugadores de bridge y los bailarines pueden alternar a dúo, sin necesidad de molestarse. ELLA. -La v e r d a d es que es usted un tío de suerte. Yo. ¡Por f a v o r! Un poco más de originalidad. Eso ya me lo están diciendo todos los días. Además de estas fiestas, puedo hablar a usted de dos bodas. ELLA. ¡Ay! LA SEÑORITA DE NAVARRO Y EL SK. D. DINIS (FOTO ELÉCTRICA) labra que coge de la mano? Me hago un lío. Y o A callar. A las muchachas bonitas no les es permitido tener ingenio. ¿Qué va usted a dejar entonces para las feas? ELLA. -Esto me convence más que el mamarrachito de antes. ¿Y qué más? Yo. -Nada más. ¿Le parece a usted poco? ELLA. No hubo baile? Yo. -No. Si aspira usted a ver bailar, tendremos que trasladar la escena a otra casa: la muy suntuosa de los señores de Cebrián, en la calle de Jenner. Aquí sí hubo baile. Y hasta un salón de baile, que decoran bellos tapices, en donde las parejas pueden desenvolver sus aficionees con toda holgura. Yo. ¿Por qué suspira usted? ¿Al pensar en las bodas realizadas? ELLA. -Al presentir la mía... Yo. ¡Silencio, el procesado U n a boda, acaecida recientemente, t u v o efecto en Portugal, ante el altar de la capilla de PaQo de San Cypriano aneja al antiguo castillo, casa solariega de la ilustre familia de S a n t i a g o en Guimaráes. Don Dinis de Santiago Carvalho, caballero d e r a n c i a prosapia portuguesa, se unió en matrimonio con la bella señorita María Navarro y Jordán, hija del c ó n s u l general d e E s p a ñ a D. Manuel. Otra boda DE SANTIAGO es la e f e c t u a d a en nuestra parroquia de San Jerónimo el Real, y cuyas primeras figuras fueron la encantadora señorita Paz Rodrigáñez y Serrano y D. Rafael García Rives. ELLA. -Y de potins ¿cómo anda usted esta semana? Yo. -Algo he oído de una historia ocurrida a una sola pareja. Pero es historia sosa, y no quiero contarla. Y otra ocurrida a dos parejas, en una juerga de cante jondo; pero ésta es demasiado sabrosa y no puede contarse. ELLA. ¡Usted se lo dice todo! Yo. -Me lo decía. Porque ahora cruzo mis labios con el dedo índice. La esfinge del silencio es quien ordena y manda. Con que ya lo sabe usted: a callar. Spoitorno y Topete,