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JOETRAS, ARTES, CIEXCIAS les. U n a h e r m a n a de la Caridad movía de un lado a otro su alba toca, ave s a g r a d a de u n rito sublime. Jíl empleado se detuvo ante una cama. -E s t e es- -dijo. Mi corazón trepidaba locamente. Quise decir alg o... de io mucho que pensé en las horas tragicas que precedieron a la entrevista. N o pude articular ni una palabra, Además, no era preciso. Mi padre- -aquel anciano de barba e n m a r a ñ a d a que respiraba anhelosamente bajo el cobertor penitenciario, era mi padre- llevaba dos días sin conocimiento, en estado comatoso consecutivo al ataque de uremia que padecía. Hese svj frente, le llamé con voz llena de lágrimíis... hhi vano. El ave s a g r a d a de la Caridád, yoló hacia mí piadosamente. S ó l ó podrá salvarle un milagro. Casi seguro, no saldrá del día. Una scnraiia t a r d ó la Implacable en acahñr con la fuerte naturaleza de mi p r o g e n i tor. Fodos los días, a las once, me situaba a su cabecera, y aUí permanecía largas hor a s meditando... lloirando... rezando- N o recuperó el conocimiento, pero la h e r m a n a me dijo que al a p r o x i m a r s e el in. stantc de mi visita advertíanse en el enfermo signos de inquietud, como si algo, en él subconsciente, le avisase la llegada del ser querido. U n día me retrasé. Ai dar las once, mi h o r a acostumbrada, el enfermo se rem o v i ó en la yacija. E n t r e a b r i ó los ojos... y lanzó el último suspiro. -E s t o es lo que deseaba confesarte- -remachó J u a n de Dios- Soy hijo de un presidiario, tal vez sin culpa, pero cumplidor de grave pena. N o debo consentir ue lo ignores. A h o r a tú resolverás lo cjue creas m á s acertado. E n tus manos está mi felicidad... V la tuva. H u b o u n a p a u s a solemne. L a m. ole a n cestral influía sobre las conciencias, liaciéndolas ingrávidas, colocándolas por encima del bien y del mal, en la región s u p r a t e r r e n a de la serenidad absoluta... P o r fin habló Lucía: -i l i resolución está tomada. T ú uo puedes ser responsable de lo que otros h a y a n hecho. N u e s t r a felicidad no debe estar a merced de la conducta ajena. E r e s bueno, me q u i e r e s yo también te quiero. P o d e m o s ser dichosos... Olvidemos el pasado, p a r a no hablar de él j a m á s H a z cuenta de que nada me has dicho. Yo te- juro b o r r a r p a r a siempre de mi memoria el relato- que me acabas de hacer. A nadie he de repetirlo, y es forzoso que tú h a g a s otro tanto, p a r a evitar posibles incomprensiones. Y he d e quererte más que te quería, por lo mi. snio que l. as sido desgraciado. Se estrecharon las manos fuertemente. U n o y otro tenían los ojos llenos de lágrhnas. L a s sombras nocturnas h a b í a n avanzado, líl g u a r d a del j a r d í n palmoteaba, invitando al púb lico a evacuar el recinto. L a madre y las h e r m a n a s de Lucía bajaron del pretil e hicieron señas a la pareja. B r i llab an ios ígneos puntitos del alumbrado eléctrico en e! paseo de los Alamillos. Los niños correteaban por entre los setos de recortado boj, camino de la puerta. Dijérase que la noche salía ael monasterio y extendía su m- anto por toda la comarca. Como ya huyó la luz, la sombra encogullada del n n r a d e r o de convalecientes había dejado de leer, y con el B r e v i a r i o l ajo el brazo, deambulaba pensativa, Augusio Aíartínez Oimediiía. REniDOJi) (DTBTT. lOS nr- iliil fliiiPi