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LETKAS, ARTES, CIENCIAS Cuento. EN EL JARDÍN DE LOS FRAILES PACIBLEMENTE caía la tarde. El sol tramontó rato atrás la crestería serrana, y su luz indirecta daba tonalidades grisáceas al paisaje. En un atardecer como éste, sin duda, concibió Felipe II la idea de su Monasterio. Gris la montaña, gris el ambiente, grises también las manchas de boscaje en la puerta del Prior, en la Herrería, en el lejano Castañar... Para entonar con este imarco, tuvo que ser gris la mole de la octava maravilla: gris la piedra, gris la pizarra, gris la austeridad monocorde del sombrío recinto... Sentados sobre el alto pretil, en el fondo del Jardín de los Frailes, Lucía y Juan de Dios tenían frente a ellos el ciclópeo ex yotoi- -ventanas, ventanas, ventanas- entre convento y cuartel, que encarna a maravilla el espíritu del fundador. Detrás de la mole, el pico de Abantos pretendía encaramarse al cielo. Varios niños jugaban por entre los setos de recortado boj. En la galería de convalecientes deambulaba una sombra encoguUada, leyendo el Breviario... Lucía y Juan de Dios callaban. Dij érase que se Jes había infiltrado lo gris del ambiente, embotando sus sentidos, privándoles del uso de la palabra. Dulce placidez les invadía... El nirvana de Buda... El quietismo del paciente Job... El mundo entero disolviéndose en un mar de calma panteísta... -Óyeme, Lucía- -dijo de pronto Juan de Dios- Tengo que decirte una cosa... -Falta hace, para romper este silencio, que ya se prolonga demasiado. -Es algo serio, trascendental, lo que quiero confesarte... ¿Una confesión? Me alarmas. No es ese mi propósito Pronto seremos marido y mujer. Pudiera ocurrir que algún día supieras por otro conducto lo que es un deber mío confiarte... No se trata de nada en que pueda caberme la responsabilidad más pequeña. Pero en todo caso, a tiempo estarás de proceder como gustes cuandO m, e hayas oído... A -Acababa de morir mi madre... Hijo único, muy enfaldado, el mundo entero se desplomó sobre mí. Toda mi familia era ella. No tenía amigos. Transcurrió cerca de un mes sin ver a nadie, recreándome en mi dolor. En vano Ama Cruz me aconsejaba que buscase distracciones: Así no se puede vivir... Yo me encogía de hombros. La vida me importaba poca cosa. Una tarde, a poco de comer, trajo sobre la m. esa un rimero de cartas, -Conviene que te enteres. Puede haber alguna de interés. Tendrás que contestar las que lo necesiten. Las abrí maquinalmente y pasé por ellas los ojos. Eran, en su mayoría, manifesta- ciones de condolencia, propias de las tristes circunstancias. Tal que otra, de negocios, que aparté para cuando volviese a mi ánimo la tranquilidad. Una, por estar dirigida a mi madre, trajo a mis ojos nuevas lágrimas al romper la nema. Su contexto me produjo tal estupor, que tuve que releerla varias veces: tan inexplicable, tan absurdo era su contenido. Estaba fechada en el penal de X La escribía un recluso: Muy señora mía: Su esposo de usted, co mipañero mío de condena, está enfermo de gravedad. Minada su alud por los sufrimientos, es casi seguro que sucumbirá pronto. La presencia de usted y de su hijo pudiera endulzar su agonía. No le nieguen ustedes esta última satisfacción- Quedé anonadado. ¿Qué era aquello? Me creí transportado a otro planeta. Yo estaba convencido de que mi padre murió tiempo atrás. Todas las noches, antes de dorm- irme, rezalba por su alma un Padrenuestro. Así me lo enseñó mi madre cuando apenas podía balbucir. También me enseñó a respetar su memoria, como la de un hombre bueno y honrado a quien debía la vida y el bienestar de que disfrutábamos. Y ahora... ¡Dios! ¿Qué era aquello? Cuando recuperé la lucidez hice venir a mi presencia a Ama Cruz. Ella me había criado: nunca se apartó de nosotros. Podría orientarme, sabría algo de aquello... Paro, interrogada por mí, trató de eludir una respuesta categórica. Mira, niño, hay cosas que más vale no recordarlas. ¡Yo quiero saber todo lo que se relacione con los míos! -Tu madre procuró siempre ocultarte esto... Cuando ella lo hizo, sus razones tendría tú, que tanto la respetaste, no pretenderás ahora enmendarle la plana... El razonamiento me hizo vacilar. Pero pironto reaccioné. Mi madre ya no vive. Si ella estuviese len el mundo, yo acataría su voluntad. Pero ahora es distinto. Yo quiero saberla todo. Tengo derecho a saberlo, y lo sabré. Si tú no me lo dices, alguien habrá en el mundo que lo sepa y me lo revele. Ante mi insistencia, y tal vez temerosadel escándalo. Ama Cruz habló Y la verdad, la horrible verdad, surgió ante mis ojos enrojecidos por el llanto. Mi padre no había muerto como yo, creía. Fué banquero, tiempo atrás, y manejó millones, suyos y ajenos. Una especulación aventurada le hizo interrumpir bruscamente su vida mercantil. Vino la quiebra, cuya fraudulencia lograron demo, strar los acreedores; el proceso, la sentencia condenatoria a largos años de presidio. Mi madre huyó de Madrid, y, reuniendo cuanto pudo salvar