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L I T E R A T U R A i QUE DURO DEBIÓ SER líT. GOLPE PARA EL, QUE LA ADORABA... ¡El jardinillo de Santa F e! ¡La escala en Port Said! ¡La cubierta del Paul Lecat! ¡Qué lejos está todo esto! Adiós, querida hermanita. Acuérdate de vez en cuando del que siempre será tu Jack. Su pensativa mirada estuvo fija mucho tiempo en estas últimas líneas. Luego subía a sus labios un sollozo profundo. ¡Pobre Jack! ¡Qué duro debió de ser el golpe para él, que la adoraba como se adora a una Virgen! De pronto se acordó de Pradier; de Pradier, ensangrentado y tendido ya en una cama de hospital. Se estremeció. ¿Y si se moría? Pensó que, de suceder esto, todo había acabado para ella. Se levantó y dio unos pasos. En el patio, agrupados en tropa cuchicheante, boys y coolies vagaban mirando al cielo. Tranquila, sin afectación, como si no hubiera pasado nada, ni la desaparición del comprador, ni la visita de la Policía, les reprendió, severa, por no estar cada uno en su sitio. -i Qué es eso! Como una bandada de alondras que se dispersa, diseminóse aquella gente. Ella volvió al despacho. En un rincón había, en el suelo, una mancha de sangre. Se conmovió al verla y se apareció a su imaginación el cuerpo inerte tumbado en la camilla... Ofrecíasele el aparato telefónico desde la mesa de despacho. Extendió el brazo, se paró un momento a pensar y, luego, inclinada sobre el receptor, pidió comunicación con d hospital francés. Se oyó un ruido como de a go que se fríe, y a poco, blanca y despaciosa desde el otro extremo del hilo, sonó la voz de la hermana tornera. Aquí, el hospital de San José. Diga. Marta volvió a titubear; quería preguntar por d herido, pero ¿a títu o de qué? Tímidamente se arriesgó a decir: ¿El señor Pradier? De su despacho desean saber cómo se encuentra. (CONTINUARA EN EL NUMERO PRÓXIMO)