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LITERATURA realizando tentativa tras tentativa y pro- llegó a tiempo? Si hubiese estado solo, al bando estratagemas inverosímiles- -nadie volver en mí, con pegarme otro tiro estaba sabe lo fecunda que es su imaginación- despachado; pero ahora... Ahora no me pero los policías que nos vigilan son muy atrevo... Soy un cobarde... sagaces, y tantos, que les es posible sePrudentemente cogió ella el revólver, guir varias pistas al mismo tiempo. Esto es mientras él repetía: lo que ha desvanecido las últimas esperan- I Un cobarde... zas de Wong, que confió en echarles detrás De repente se oyó en la habitación inde un par de docenas de nuestros coolíes, mediata ruido de armas, de culatazos en cargados con bultos de sedas, mientras los los muebles. Sin que hubiera llamado naotros se llevaban a escape el opio y las die, se abrió la puerta de par en par, y en armas. el hueco apareció la alta estatura de Jack. También tenemos armas. Se me ha olvi- Con el barboquejo caído sobre el mentón, dado decírtelo antes de ahora, pero hace ya avanzó, saludando militarmente: Soy el comandante Wainwright... mucho tiempo que figuramos entre los más Tras él se veía la sombra tenue de los considerables traficantes en material de guerra. No me guardes rencor por no habér- policías de Changhai. El comandante hizo una reverencia distelo dicho hasta este último instante; sé que eres excesivamente puntilloso en asun- creta ante Marta, y, volviéndose hacia Pradier, añadió: tos d e honra 5 opté por no decirte nada. ...Agregado provisionalmente, a las órComo la situación es absolutamente desesperada, hemos resuelto obrar cada uno denes de Su Excelencia, el gobernador bripor nuestra cuenta. Hemos quemado el opio tánico de Hong- Kong y del Gobierno chi- -a. Wong se le partió el corazón, pues te- no. Traigo, señor Pradier, la orden de efecníamos más de medio millar de taels de ese tuar un registro en esta casa; orden viproducto- Sentimos que la naturaleza de sada en regla por las autoridades policíacas las armas nos haya impedido hacer lo mismo de la concesión internacional de Chancon ellas, y nos vamos! El registro se rea- ghai. Notó, de pronto, que las ropas d e Pralizará c t a mañana, a las diez. Ny hd logrado que se lo dijera el boy dier estaban manchadas de sangre; que se de un oficial d e Policía internacional. Ten- recostaba en unos divanes, que la actitud go tiempo de sobra para ponerme en salvo: de Marta era muy extraña... -i Pero usted está herido... a las siete embarcaré en el vapor para- -El señor Pradier- -explicó Marta con Nuigpo, desde donde me iré al Japón, merced a un oasaporte falso. Poseo algún di- apresuramiento- -acaba de ser víctima de nerillo ahorrado, que es lo principal. Wong un accidente casual cuando estaba limpiany Ny embarcarán en el Liu- Sing, que, como do su revólver. Yo iba a telefonear al hostú sabes, va a Y Chang, en las costas, a pital cuando entró usted. Pradier habló trabajosamente: entregar un importante cargam. ento a nuestro amigo el hi. kiun de Ho- Nan. Mal re- -Esta señorita acompañará a usted a curso es éste, en mi opinión! El Liu- Sing, los almacenes, caballero. En cuanto a mí... portador de mercancías ya revisadas- -apá- cuanto a mí... No pudo decir más; se desmayó, rindiénrentem. ente revisadas por la Aduana- -podia confiar en que no se le prohibiera el paso; dose a la emoción, al dolor y a la pérdida pero llevando a bordo a Ny y a Wong, cuya de sangre. -Comandante- -suplicó Marta- ¿quiere presencia será inevitablemente avisada por los pol cías que nos vigilan, va a ocurrirle usted decir a sus soldados que presten ayuda? Hay que llevar a este hombre con toda todo lo contrario... urgencia al hospital de San José. Arréglatelas como puedas, y ¡b u e n a Jack hizo una reverencia y dio órdenes suerte! lacónicas a su ronda. Dos de los policías Cuando Marta acabó de leer, quiso devol- que llevaban el brazal de la Cruz Roja- -los verle la carta, pero él le ordenó: camilleros del Cuerpo de Policía- -se lleva- -i Quémela usted... ron a Pradier, desmayado, y ya se habían Prendió el pliego de papel en un quema- ido, cuando aún seguía Marta en la puerferfumes, que, en un rincón del despacho, ta, mirando a lo lejos. elevaba hacia el techo sus azules volutas, y- -Are you ready, dearf ¿Estás dispuesla carta, al arder, fué ennegreciéndose y ta, querida? retorciéndose. Praolier la contemplaba, penLa metálica voz de Jack la sacó de su ensativo. simismamiento. Quiso hablar, explicarle... -Ya comprenderá usted que nos encon- ¡Si tú supieras, Jack... trábamos en el final, en el derrumbamiento El la interrumpió; bruscO con rigidez definitivo. Un Ristori puede huir... La hon- completamente británica: ra de su apellido le tiene sin cuidado. Pero- Luego, luego, hija; lo primero es la un Pradier, cuando ha sido culpable, tiene obligación. que pagarlo de algún modo. Marta le miró, decepcionada y molesta. Hizo una pausa y continuó luego: ¡V a m o s! -dijo, pálida como u n a- -Yo no lo he pagado, puesto que estoy muerta. aquí. ¿Por qué ha llegado usted? ¿Por qué Por las amplias y obscuras dependencias