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L I T E R A T U R A uería comer de todo. Pradier, desde el principio de la comida, bebía con frecuencia sorbos de samchon- -especie de aguardiente de arroz, que se sirve caliente y es parecido al saki de los japoneses- y se esmeraba en servirla, repentinamente animado, hablando en voz alta, riéndose, excitando a beber a Liu y a sus hijos y levantando su taza para brindar por ellos. Marta volvió a mirarle con tiisteza. El vio el reproche en 5 us ojos, y volvió a decir: -No me lo tome usted en cuenta. Tengo un disgusto muy grande. Y acabo por vaciar la botella de aguardiente. Entraron en la estancia unas cantadoras. Pintadas como muñecas, adornadas como relicarios, cantaban, por turno, melodías chillonas, acompañadas por las notas gtangosas de un violín de una sola cuerda. Aquello era el final de la comida. Circuló el simbólico tazón de arroz, que es costumibre rehusar, para demostrar claramente que se ha comido bastante. Marta, que apenas había tomado nada durante la comida, se alegró, y, con los palillos en la mano, se disponía a tomar de aquello; pero una mirada terrible de Braillard la contuvo a tiempo, y Pradier le dijo: -Eso no se come. Es un símbolo; tiene usted, que decir que no quiere, para demostrar que está harta. Sirvieron los criados la infusión de té verde, de. aroma delicioso, y al mismo tiempo las servilletas empapadas en agua hirviendo. Marta vio que los anfitriones se humedecían frenéticamente con ellas las sienes, e hizo lo mismo. Como Braillard se quedaba para fumar opio, en compañía de su amigo Daniel Liu, el automóvil llevó a Changhai a la muchacha y a Pradier solos. VI Marta no pudo dormir en toda la noche. Aún no eran las ocho cuando se apeó de un salto del cochecillo que la había llevado a las oficinas de la casa Pradier, Ristori y Compañía. Presa de extraños y contradictorios presentimientos, abrió la puerta y atravesó el almacén. En él había un número insólito de coolíes y de criados reunidos en m. isteriosos conciliábulos. Al verla se diseminaron, y ella pasó a su despacho, inmediato al de Pradier. La puerta de comunicación estaba entornada. Maquinalmente se acercó a mirar, y, espantada por lo que veía, se quedó clavada en el suelo. Con el busto desplomado sobre su mesa de despacho y los ojos cerrados, yacía Pradier, lleno de sangre el smoking. Su mano derecha permanecía crispada sobre la culata de un revólver de mucho calibre. De un brinco penetró en la habitación. El hizo un movimiento débil con la cabeza, y su cuerpo se estremeció levemente. Marta buscó, apresurada, en su bolso un frasquito de sales y se le dio a oler. Abrió él los ojos poco a poco y volvió en sí. ¿Es usted, hijita? -dijo con un hilo de voz. Y sonriéndose amargamente, añadió: ¡Vaya! ¡Parece que no he acertado del todo! Hizo un esfuerzo para incorporarse, y ella le ayudó, con precauciones maternales. Reprimiendo una maldición de do or se llevó él la mano al lado izquierdo y la separó manchada de sangre, al mismo tiempo que asomaba a sus labios un poco de espuma de color de rosa. Con tranquilidad sorprendente dijo: Un (poco alto de más: dos dedos m. ás arriba del corazón. Pero, de todos modos, tengo el pulmón atravesado. Y como explicando su diagnóstico: En otra época fui un buen estudiante de Medicina. Ella le miraba con ojos de congoja y de compasión infinita, y como Pradier repetía: ¡Hijita... le- puso las manos en las siienes, de las cuales brotaban gotas de sudor. Dio un ipaso hacia el gong, que estaba colgado junto a la mesa, pero él la detuvo con un gesto. -No... Y dijo, a guisa de explicación: -Luego... todavía no... Quiero hablar con usted. Deseoso de tranquilizarla, añadió: -Le aseguro que no corre prisa. Volvió a su lado. y, de repente, un impulso irrefrenable la llevó a exclamar: ¡Pedro... ¡Pedro! ¡Le llamaba Pedro... Pronunciaba su nombre por primera vez... ¡Y con cuánto cariño! ¡Qué fervorosamente! La felicidad le transfiguró. ¡Amada mía... murmuró, extasiado- i Amada mía! Sufrió un ahogo, que le obligó a encogerse, y le preguntó ella: -I Por qué ha hecho usted eso? Le hizo él una seña con un dedo para indicarle un montón de almohadones que había sobre un diván. Marta fué a cogerlos en seguida, y le acomodó, poniéndoselos junto a los riñones con esmerada precaución. -Se lo diré a usted todo... Para poder decírselo es por lo que no he querido que llamara usted a nadie... Pero llega usted tarde, hija mía... Cuando sepa usted lo que voy a decirle, sentirá compasión por mí, tal vez, pero no lograré su amor. Interrumpiéndose a cada momento, en frases entrecortadas, porque le faltaba la respiración; ampliamente, francamente, sin am. inorar sus culpas, le contó toda su vida: su infancia laboriosa, en el seno de un pueblecito tranquilo; su inquieta adolescencia; la llegada a Asia, los intentos sucesivos; sus