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LKTEAS, ARTES. CIENCIAS -Confieso que ese fué rn! temor. De dia en día veía que cada vez ibas teniendo menos de Niña de Oro y más de Octavia que la suplantaba. Llegué a temer su tota! desaparición, y por eso me decidí a intervenir. Ya apenas quedaba nada de ella. Pero cuando me acerqué a ti, la encontré, desde el primer momento, sin el menor esfuerzo, en todo su esplendor y con nuevos matices que habían escapado a mi investig ación. Porque yo no la inventé, como ti i dices, la. deduje de ti misma... y, al hacer la prueba de la operación, vi que no me había equivocado. x 4 prendí, además, a conocer a la verdadera Octa- r via, y a quererla... -Yo te autorizo para que si. as queriendo 3 las do, s. No vas a ser más papista que el Papa. ¡Me propones la bipramia! -Acepto para mí toda la responsabilidad. Tú no te preocupes. -No puede ser. Octavia; tú y ella no os llevái- s bien. ¡Tienes celos de ella! Acabas de decirlo. Nuestra vida iba a ser un infierno... A ti nunca te resultó la Niña de O r o fuiste su secuestradora, y, si no acabaste con ella, fué gracias a mi intervención... Sólo una vez te vi en actituíl protectora. Venías a lo largo de la calle; zapatos rubio- s, piernas claras y la melena espolvoreada de sol; sonrosada y tímida. Llevabas un traje de terciopelo color grano de café. -No era terciopelo: ei- a pana. No entiendes una palabra. -Pisabas finísimo, y el ritmo de tu marcha, que esparcía vibraciones de flexibilidad por tcKk) tu cuerpo, ¡aquel infantil movimiento de hombros, tan tuyo, era un colmo de naturalidad, de gracia y de armonía. Habrás comprendido. Octavia, que la que venía no eras tú precisamente, sino la Niña de Oro. Pues bien, alguien, entonces, sacudió una alfombra a tu paso, y, c e pronto, como una fiera hostigada, saltó dentro de ti Octavia Quintes; te paraste bruscamente, te erguíste nerviosa y encaraste tu reproche contra el balcón. -Qué memoria tienes. -Fué sólo tm instante. Inmediatamente volviste a ocultarte, y la Niña de Oro siguió su camino, un tanto azorada de tu propio atrevimiento. Jamás volví a ver ue velases por eüa. Y es que la desconoces: no te has dado cuenta de su inmenso valor; y tienes que convencerte. Octavia, hermosa Octavia: lo que hay en ti puede 1i allarse en cualquiera, pero lo que tiene de personal Tavi y lo (ue la hace ser de excepción, eso se lo debes a la Niña de Oro. Si no fuera por ella... Y, en vez de t uererla como debías, siquiera por agradecimiento. -No, Luciano: vo la quiero... Cuando no la conocía pude hal) erla tratado mal. sin dai nie cuenta. Pero luego tú me la enseña. ste y. prescindiendo de exageraciones... -No exagero nada. Todo lo que digo está en ella. Y más... -No digas, no digas, que en e. o del andar yo veo bastantes que io hacen tan bien y mejor que yo. -i Esas? Líis empujas y se desmoronan. Si tie pronto las ol- Jigaran a correr, verías qué fachas No tienen más t ue ese paso. Es el nii. smo en invierno ue en verano, por la mañana que por la tarde, estén alegres o tristes. Es algo mecánico y externo, sin relación con su intimo ser. En cambio, el mayor encanto del dinamismo de la Niña de Oro. que no es sólo el paso, sino todo lo que hay en ella de movimiento, está en que se le ve contenido, y seduce, más aún que por lo que nuestra, por las infinitas posibilidades que se adivinan en él. Se la ve andar y se piensa: esta mujer sabría correr mejor aún que anda. Y ya ves cómo resulta verdad. Y, según la estación del año. la hora del dia, el estado de sti. ánimo... varía su matiz, porque tiene sus raices en lo más hondo de su persona. Sé más de ti por tu movimiento que por la expresión del rostro, i Se té ve tan bien a través de él... Tavi: si la íntima naturaleza de las co. sas no es más que vibración, movimiento, tú por fuerza has de estar mas cerca de la Verdad cósmica que nin. guna otra mujer. De ahí el enorme y misterioso poder de atracción de tu persona. Ahora camelos... Mira, lo que yo sé es que tú no tienes derecho a decir que me llevo mal con la Niña de Oro. Desde que me tratas, ¿te di algún motivo de queja? -No. Estoy satisfecha La cantidad de Niña de Oro osciló entre un cincuenta y un setenta por ciento. El día de la excursión, mi Tavi llegó a un setenta y cinco... y décimas. -Pues, para que digas luego... Si llegué a sentir celos es porque te entusiasmas tanto con ella y la ponderas Ge tal modo, que me cuesta trabajo creer que totlo eso soy yo: se me figura que es otra... Pero yo la quiero, Luciano. -jAy! Aun así no resolveríamos nada... ¿Qué opinas de esos maridos que no mueren salir con su mujer? -No me hacen ni pizca de gracia. -í Lo ves? ¿Pero qué tiene que ver? -iCttando fueses después de mi brazo, o suelta a mi lado... -No. no, del brazo. ...Todos disfrutarían el espectáculo de tu maravirioso dinamismo. Todos menos y o! Yo sería el ser privilegiado que caminaría al lado de la maravilla, y el único! oue por ir tan cerca no (xxlría disfrutarla. i Sarcástico privilegio... En aquel momento yo debería estar en la acera de enfrente, o en cualquier balcón, o viéndote venir tit s de la esquina... Y de nada valdría que. abnegadamente, consintieras en ello: yo no podría aceptarlo, porque qué dtria la gen-