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LE: T, RAS, A R T E S CIENCIAS ...Asuntos graves. -Pero ¿qué es ello? -Algo verdaderamente trascendental. -Mira, Lucianin: si da sjusto hablar cont! síO es por lo preciso que eres. Asuntos graves, cosas importantes... tnisccndentales. Ni media palabra más. Más claro, agua. I avi, ¿tú me quieres? V me lo preguntas? -Contesta. j Naturalmente, hombre, naturalmente! ¡Ah... (Desolación. (Cuánto? Chico, nunca me puse a medirlo. Pero desde que te c U ¡ero me siento otra, con más valor... Seria capaz de todo. ¡Bah! Eso lo decís todas. Permite que una sonrisa de escepticismo se dibuje en la Comisura de mis laliios- -e. Kclanió el marqués, que era tonto de nacimieuto. -No, señor: no te lo f) erniito, porque lo que digo es verdad. -Sois capaces hasta de morir por el hombre a quien queréis. Perú si ese mismo hombre os pidiera que salierais tui día con una media caída sobre el tobillo... ya ves, nada más que una... ¿obedecerías? -Es distinto. -Eso también lo decis todas. ¡Y dale con todas! Ya sabes que no me gusta que generalices cuando hables de mí. Yo no tengo que ver con las demás. Y tú, mucho menos. -De modo que... si yo te faltase... -Yo no digo que me moriría, porque eso no depende de una; pero no me importaría ya vivir. Y si tne muriese, no me extrañaría nada. ¡Estoy perdido... -Pero ¿qué te pasa, Luciano? ¿Es que te duele que te uiera? (Sombrío. Los hombres, Tavi, somos muy malos. -No te preocupes. Allá os vais con nosotras. Ah. no! Vosotras sois peores. -Gracias. -Sois peores en el mal mejores en el bien. La mujer más mala es peor que el hombre más malo; y tin hombre, por bueno que sea, nunca llega a serlo tanto como la mujer. Se dan en vosotras los dos extremos. Por eso tenéis más personalidad; nosotros somos más grises... mediocres... completamente despreciables. ¡Ah! pero eso no quita para que yo sea muy malo, Tavi. Y, además, muy desgraciado. Pero ¿por qué? -Soy malo porque me riuieres. Y soy horriblemente desgraciado por ue te quiero. (Alarmada. Luciano: ¿estás seguro de que tú me quieres? Completamente... Yo mismo me lo noto. Cuando suspiro digo: y, mi Tavi! aunque en aquel momento uo esté pensando en ti, y es que te quiero ya sin querer; tengo un magnífico apetito, y ninguna gana dt morir; además... -Pues entonces no comprendo por qué eres desgraciado. Y, sobre todo, por qué eres malo porque te quiera yo. -Si tú supieras... ¡Pues eso es lo que desde hace un rato largo estoy deseando: saber, Luciano, saber! -Octavia: me veo obligado a terminar nuestras relaciones. (Estnpor. -Yo no puedo, mejor dicho, no debo querer a dos al mismo tiempo. (Más estupor. -Y, como me quieres, sé que te causo un gran dolor. Por eso soy malo. Y, como te quiero, sufro, Tavi, sufro mi propio dolor y el tuyo. Ya ves si soy desgraciado. Maquinalniente, con un suspiro de vos. Deja a la otra. -Inxposible. Han de ser las dos. -Al menos, ¿podré saljer quién es ella? -Demasiado lo sabes. Una o la otra, es la Niña de Oro, y la otra o la una, Octavia Quintes. -Acabáramos; tanto misterio para esto, i Ya me extrañaba a raí que tardaras tanto en sacar a relucir a la Niña de O r o! Dichosa Niña de O r o! Luciano, estoy de ella hasta los pelos... Pero vamos a ver: si Octavia Quintes y la Niña de Oro son una misma persona, y esa soy yo ¡yo! ¿Quieres decirme en dónde está el conflicto? -Pues, precisamente en que son distintas. La Niña de Oro es tímida, ruborosa y sonrosada. Pone boca de mimo, y hoyuelos en! as mejillas. Melena de oro. Sonrisa triangular y dulcísima. Ojos a ni- car: o, que miran emocicaiad s y con mirada trascendental. Su entrecejo suele fruncirse con el falso enojo de los tímidos. Camina sin atreverse a levantar del todo la cabeza, temerosa de parecer demasiado hermosa. Los brazos, a lo larpfo del cuerpo, casi quietos, pero viv os. Es maravillosamente dinámica. Su paso, blando y firme al mismo tifni o. Todas las coyunturas juegan perfectamente. Pisa fino, fino; toma el suelo con la punta del pie, el empeine combo, e! tfibillo flexible, se apoya en los dedos y alza sin esfuerzo el talón. Al andar, todo su cuerpo es recorrido de abajo a arriba por una sutil vibración. No tiene hueso; tan sólo una costumbre de hueso, que es lo que da firmeza a su andar. Es elástica, armoniosa, sumamente sensible, natural y personalísima. Además, no pesa... Me parece estar viéndola venir, envuelta en el primer sol de la mañana, con sus medías y sus zapatos rubios, y su melena de oro. Parecía un sol dentro de otro sol. Había tanto oro en su melena, que al sacar de ella la mirada y re. sbalarla por la desnudez sonrosada del escote y los brazos, quedaba n carne untada del oro que, sin querer, habían arrastrado mis ojos. -Tengo celos de la Niña ele Oro. -Acaba de hablar Octavia Quintes. ¡Tan distinta! Decidida, enérgica, dueña de si misma y de lo que le rodea. Recoge un brazo, engandhando la mano en alguna cornisa