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LA M U J E R Y LA CASA ESTA MUCHACHA DE FLjiNDRIN E S r U l I A EN t A PENDMEEA SU BOCA Y SU MIRADA... te ning- ún ensneño; sus manos y las de su compañera de oración son una caricia demasiado abstracta para consuelo de la vida cotidiana de quienes no sabrían aspirar a ser santos; no es pecado de frivolidad, sino confesión de humildad preferirles estas otras, menos blancas y puras, pero tiernamente hacendosas, y no menos convencidas ni re- signadas en sus límites de La encajera, de Ver Meer de Delft. Estoj capullos de manos de mujer todavía huelen a ropa blanca perfumada con hierbas del campo o con manzanas. Hablan de existencias fáciles y severas, ordenadas y pulcras como el interior que pudiera servirles de fondo. A través de la distancia que las separa en años, en