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LA MUJER Y LA CASA ...ESTAS OTRAS M A N O S T I E R N A M E N T E H A C E N D O S A S DE LA ENCAJERA D E V E R M E E R DE DELFT cia superior a todas las transformaciones. Gracia perenne, congénita, no a tal siglo o a cuáles costumbres, sino simplemente- -nada más y nada menos- -a la mujer. Y llamemos entonces esta gracia, en sus diversos aspectos, gracia de evolución. (Evolución occidental, evolución intercristiana, claro está. Todavía nos resulta ancho el mundo para asociar espontáneamente a nuestra sensibilidad todas las sensibilidades. El gesto es siempre menos expresivo que el reposo, y no hay palabra que encierre todo lo que sugiere el silencio. La gracia permanente bien pudiera ser gravedad. Y así las figuras del arte más representativas, más amorosamente representativas, las más quietas. La Hermana Arnault, de Felipe de Champaigne, hállase demasiado entregada a la exaltación interior de su jansenismo para acompañar nunca familiarmen-