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GRAN MUX DO mitos estorban, si los caballos se fatigan, son detalles que tienen su interés, pero muy pocO- que ver con la caza. La tarea de un cazador es ver o adivinar cuanto hacen el ciervo y los p e r r o s el hombre de e x p e r i e n c i a logra ésto sin apresurarse y, sobre todo, sin hothering his horse with the jumping if it can be helped: the horse has plenty enough to do with looking after himself imderwood and minding rabbit holes, rocks, marshes. and trees; y el hombre, en mirar- -escuchar, sobre todo- y tomar resoluciones. El novicio es menos dichoso o menos advertido. Pero nadie piensa en este género de dificultades ni habla de ellas, porque todos estiman que riding is one thing, and hunting another; que a lo que se está es a cazar, y que, si les fuese demostrado que un palo de escoba es lo más cómodo para atravesar un paidis, no vacilarían en bajarse del mejor caballo irlandés, para subirse a la grupa de una bruja. Cochin insiste malignamente en las cosas que a Mr. C escaparon, en su crónica para el periódico inglés, Convendría que hubiese visto que la casaca larga a la francesa mantiene los muslos secos, en las largas jornadas de lluvia; mientras la chaqueta corta, inglesa, por workmanlike que sea, no sirve, en casos tales, más que para enjugar el sudor del lomo del caballo. Que, a poco oído que se tenga, MM joli co- np de langiie est un beau talent. Que, por poco gusto que en ello se encuentre, las fan f a r r a s del marqués de Dampierre, gran montero de Luis XV, son encantadoras. Y que es tan imposible el seguir una montería sin conocerla, como el traducir una página del griego sin saber su alfabeto. Y así perdería su soberbio desdén por la theatrical part, reconociendo que ciertos antiguos y graciosos usos, respetados por hombres que sabían más que nosotros, dan todavía al más humilde de los monteros las maneras y el respeto a sí mismo Y concluye Cochin- -reconozcámoslo no sin razón- ¿Por qué, de otro lado, tantos ingleses llenos de buen sentido, que tienen las entrañas de un viejo sqiiire conservador, por lo que respecta a las más extravagantes tradiciones de su país- -en lo cual, hacen muy bien- toman los anteojos de un farmacéutico librepensador francés p a r a m i r a r las nuestras? Monsieur A n t o i n e de Meaux, hombre de mar, no experimenta quizá suficiente ternura, por esta página de su amigo Augustin Cochin, hombre de tierra y de montería. Las noticias que, prosiguiendo nuestra conversación, q u i e r o darle acerca del renacimiento actual de la caza con halcón- -sobre todo en Alemania- -le interesan menos que las elucubraciones, en que entramos en seguida, acerca de la tesis de Cochin, relativas a la causalidad de la historia... Pero, ¿qué más da? Todo es h i s t o r i a y todo es montería- -según como se mire- la caza y las revoluciones, las revoluciones y la caza. Lunes. No hay como una antena para descubrir la existencia, aun si está oculta, aun si es reservada, de otras antenas, por mucho que doblemente las encubran las ropas y el misterio. La tiene Ramón Gómez de la Serna, antena de sutil y desvelada captación. Y así ha sabido- -de los primeros y ha denunciado, más pronto entre nosotros que nadie- las que venían, científicas o milagrosas, procedentes de un farmacéutico de París; contrabando de algunos viajeros y viajeras del mejor mundo. Lo que me figuro que no hizo el denunciante es leer el libro, con propiciatorio aunque breve prólogo, del físico D Arsonval; cuya adquisición acompaña- -ignoro si obligatoria o prestigiosamente- -a la de cada uno de los salutíferos collares- antena... Yo tampoco lo he leído, este libro, aunque lo poseo. Porque me parece que, para perseguir el milagro, cuanto menos embarazo de literatura sabia, mejor. Hay un detalle en que la denuncia, cuando ha aparecido, se mostraba ya atrasada. Ahora los collares no van envueltos en un tubito de caucho, sino en un rosario resplandeciente de minúsculas cuentas argentadas. Zín Ingenio de esta Corle. (CROQUIS DE MILER)