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IJKTRAS. A R T E S C I E X C I A S aquellas horas angustiado, desesperado. Sabe Dios si aquel billete de más traería la ruina de una familia! Volvió, por si acaso, a contar. Justo. Once. Corrió al Banco, la lengua fuera. Alargando el billete, murmuró ante la ventanilla Vle ha dado usted i.ooo- pesetas de más. El empleado, sorprendido, se limitó a exclamar; ¡Caray! j Qué raro! -Y tomando el billete exclamó- Muchas gracias, señor. Se ve que es usted un hombre honrado. i Cómo que si lo era! Hasta la pared de enfrente. Hasta el sacrificio. Hasta morir. Salió, con toda su humildad, más ancho que largo. Y encaminóse al mini. sterio de Hacienda para hacer el ingreso en nombre de su hermano Juan Ramón. Cuando le llegó el turno en la cola, tiró de cartera. ¡Dios mío! ¿Estaba trastornado? ¿Soñaba? Contó, recontó. Nada! Nueve mil pesetas. Mojándose los dedos con saliva, fué repasando los billetes uno a uno. ¡Xo parían! Nueve. Acometióle un malestar angustioso. De pronto, sudaba. De pronto, se quedaba frío como el carámbano. Los (le la cola apremiaban, impacientes -V amos, hombre. ¿IJespacha o no? ni La conciencia débil. Se retiró enfermo, avergonzado. Notó que el aire de la calle le hacía bien, entonándole, tonificándole. ¿Qué haría? ¿Qué iba a hacer si no tornar al Banco y reclamar? Seg uramente, devolvió las i.ooo pesetas atolondrado, en un barullo de hombre sin hábitos de dinero. Y, seguramente, el empleado, que había enaltecido su honradez, se las devolvería sin chistar. Pero ¿y si... Alumbrada la idea, Camprodón fué desarrollando todo el drama. Si no le devolvían las i.ooo pesetas, primero que pasar por ladrón ante su hermano, se mataría. Rectificó, i O mataría al otro! Después de todo, ¿no sería el otro el único y vil culpable? Vuelta a rectificar. El culpable era é! mismo, él solo, que se acarreaba su desgracia por nervioso, por aturdido, por hal) erse precipitado a devolver r. ooo pesetas que otro espíritu fuerte no hubiese devuelto jamás. Nada. Lo dicho. No mataría al empleado. El empleado, después de todo Se mataría él en justo castigo a su debilidad. Murmuró, entre irónico y trágico: i Que haya un cadáver más qué importa al nmndo! Sí, caramba. Pero i matarse! ¡Caramba I Había llegado, con el solilo quío, ante la ventanilla de marras. Temblaba, Sudaba, Sufr a, Débilmente, gimió al empleado: l. e he dado a usted l,ooo pesetas de más, ¿Cómo? Pero ¿usted se figura que esto es cosa de juego? ¿De (piita y pon? ¿De tome usted y déme usted? Siguió con una retahila que ya Camprodón no escuchaba, hundido en los abismos del suicidio inapelable, irremediable. De repente vio al empleado buscar y rebuscar en un cajón; contar y recontar fajos de billetes; mirar y remirar unos libros, Y cayó como fulminado. Cuando tornó a la vida vióse en la Casa de Socorro, y en torno de él, junto a los médicos y ayudantes, al empleado, que esgrimía en alto, como bandera de combate, un billete de i. coo pesetas, -Tenía usted razón. Era el suyo. Camprodón, con voz tan enérgica que él mismo dudó fuese suya, replicó seco: -i A buena hora! Después de haberme suicidado por culpa de usted, Cristóbal de Caslro. (DIBUJOS DE HUERTAS)