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T. TíTRAS, A R Í K S CIPÍXCTAS Cuento. UNA CONCIENCIA DÉBIL Una balsa de aceite. C AMPSODÓN era la paz misma. Física y moralmente, su insignificancia excluía toda posibilidad de inquietud. Puntual, laborioso, de pocas palabras y menos ideas, encarnaba ese tipo de funcionario probo que ha resistido impávido las chungas españolas de Taboada, la ironía francesa de Julio Renard y esas risas, ennoblecidas de lágrimas, que animan la obra eslava de Antón Checof. Propicio a la superstición burocrática, para él un jefe era un vicario, y un expediente, un manantial de ciencia jurídica. Todas las bienaventuranzas cabían en aquel oficial segundo tan pobre de espíritu, que jamás discutió una orden, por absurda que fuese, ni rehizo una minuta aunque rebosara disparates. Cuando algún compañero ácido le excitaba a polemizar, siempre respondía lo mismo: ¿Para qué? Los jefes por algo son jefes. Además, ¿qué adelantaría con rebelarme? Obedeciendo vivo en paz. Estoy tranquilo. Mi vida es una balsa de aceite. ¿Voy a convertirla en un infierno sólo por un instante de soberbia... Y no lo sacaban de ahí. En el fondo, no era humildad, sino comodidad. Bien avenido con sus cigarrillos de cincuenta, su café del café y el saludo, entre afectuoso y compasivo, de los ordenanzas- ¡Hola, señor Camprodón! no se cambiaba ni por Roschildt. Porque Roschildt, con todos sus millones, no pasaba de ser un pobre autómata, juguete de la ambición, mientras que él, Amallo Camprodón de la Riva, gozaba del mayor imperio otorgado al hombre: el acuerdo consig o mismo. En esta absoluta identidad entre su vida y sus deseos, conforme a los grandes estoicos, la conciencia de Camprodón dormía a pierna suelta, como un rústico harto de ajos. II La nube negra. Y he aquí que de pronto esa conciencia se incorpora. ¿Quién va? grita despavorida, oyendo pasos sospechosos. Y la balsa de aceite se siente amenazada por la aparición de una nube negra, negra... Camprodón no se lo explicaba. Pero la epístola, entre sus manos, ante sus ojos, no admitía dudas. Su hermano Juan Ramón le incluía un cheque de 10.000 pesetas con ruego de que lo cobrase e hiciera en Hacienda el depósito de 9.879 con 20 céntimos, recogiendo la oportuna carta de pago. Juan Ramón, con su pracficismo de contratista de carreteras, dejaba el resto para gastos de certificado, tranvía y algún convite, de los que nunca están de más Ea... Ya estaba nuestro hombre, tan tranquilo de suyo, con un hormiguillo que lo breaba. Su paz, rota; su comodidad, en entredicho; hasta su semblante alterado coa ese tic nervioso de los que van hablando solos por la calle. ¡Eso es! Como que no hay sino ir al Banco, cobrar el cheque, hacer cola en el ventanillo de Hacienda, sabe Dios cuántas horas; tornar a Correos, repetir lo de la cola. Pero, bueno, ¡este Juan Ramón! ¿Por quién me ha tomado? ¿Cuándo voy a hacer tantas, cosas? ¿Y cómo falto a la oficina? Tan consternado entró, que sus compañeros le acudieron, como si le hubiese dado un ataque. -Pero, hombre, Camprodón... ¿Qué le pasa? -Beba un poco de agua. Cálmese. Balbuceando, entre sudores fríos, contó su apuro. El ingenuo relato fué acogido con estrepitosas carcajadas. ¡Ah! ¿Se ríen ustedes? Naturalmente, alma de Dios. ¡Vaya un conflicto! Con pedirle permiso al jefe, ya está. Un día, dos días, los que haga falta. Va usted, cobra el cheque, hace el depósito, recoge la carta de pago, y listo. ¡Qué hombre! ¡Qué barbaridad! Traiga el cheque. Le pondrán el conocimiento. -Pero ¿qué necesidad tengo yo? Claro es que se trata de mi hermano, Pero también se trata de dinero, ¡caray! Para mí es algo catastrófico. Penetró en el Banco azorado, -trémulo, suspirando por la tranquilidad perdida. Al empujar la puerta giratoria y ver el maremagnum que ofrecía el patio de cristales tuvo la tentación de huir. El dinero se revestía de carátulas, como los coros griegos.