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L I T E R A T U R A radio cifrado de un empleado de su corresponsal. ¿A qué hora fué enviado el radiof A las cuatro, inmediatamente después de su detención. i A las cuatro? Pradier miró su reloj: eran las cuatro y treinta y cinco. -Escucha, Ristori- -dijo con frialdad- no hay que perder la cabeza. Nos encontramos ante esta alternativa: o los documentos han sido traducidos inmediatamente o- -sé muy b- en cómo procede la Policía- -como, precisamente a las cuatro acostumbran esos funcionarios a ir al Casino, aunque hayan asesinado al Rey en su demarcación, han dejado la traducción para mañana... Supongamos que ha ocurrido lo primero, lo más desfavorable para nosotros: ¿cuánto tiempo se necesita (lo menos posible) para buscar al traductor jurado y hacerse car. sr- o de aquel párrafo? Supongo que dos horas como mínimo. Ristori, con los ojos fijos ansiosamente en los de su socio, el rostro convulso con un rictus nrrvioso, asentía moviendo la cabeza. -Dos horas. De modo que cuatro y dos. seis. Esto sin contar el tiempo que se necesita para obtener las órdenes indispensables, redactar el despacho y llevarlo al telégrafo. ¿Cuánto tarda un cable de HongKon. g aquí? -Cerca de tres horas y media, con tal de que no haya mucho servicio; -Seis y tres v media, nueve y media. A las nueve y media hace ya buen rato que el jefe de Policía de la concesión y todos sus secretarios se han ido de la oficina para no yolver hasta mañana. Ristori le oía en silencio, sin figurarse adonde iba a parar. -De modo- -prosiguió Pradier triunfalmente- -que tenemos toda la noche por delante. ¿Te atreverás a decir que no es triple tiempo del necesario para sacar del almacén todos los bultos sospechosos y llevarlos a la ciudad china, a casa de alguno de los buenos am gos de Wong? Ya no estaba allí Ristori. Había echado a correr de pronto a casa del comprador y apenas si pudo oír que Pradier le gritaba: -No hagas tonterías. No te apresures demasiado. Espera a que sea de noche para salir. Libre de todo peligro inmediato, confiando en que Ristori se ocuparía en realizar el traslado del opio a sitio seguro, Pradier se fué al Círculo Deportivo. Jugó su aco. stumbrada partida de tennis- -aquella en que Marta, nerviosa, lo hizo tan mal- v va salía hacia el bar del Qub, cuando vio llegar, rendido y sin aliento, de lo mucho que había corrido, a un coolí de su casa de comercio, que le entregó, de par e de T? istori, esta lacónica misiva: Tmpos We sacar mercancías; PoHcía secreta vigila almacenes. Vov a probar la última tentativa. Sobre todo, no vengas al despacho hasta mañana pnr la mañana; les pondrías sobre aviso. -7? Atontado, azorado, sin comprender nada. se fué al teléfono. Si la calle estaba vigilada, aún les quedaba aquel recurso. Probablemente no se habría acordado de él la Policía. Así y todo, por prudencia, en cuanto le pusieron en comunicación con Ristori, habló únicamente en malayo, idioma que ér y su socio conocían perfectamente. Si alguien les oía, por casualidad, se quedaría en ayunas, pues sería demasiada mala suerte que el Policía encargado en la Central de vigilancia de su número comprendiese aquel dialecto. Ristori sólo ipudo confirmarle cuanto le decía en su breve escrito: por sorprendente que fuera el caso, la Policía secre a tenía cercadas todas las salidas, lo mismo las de la oficina que las del almacén. Los coolies de Ny, que conocían a algunos po icías indígenas, les habían descubierto, disfrazados unos de mendigos otros de vendedores, otros de paseantes. A Pradier le extrañó: ¿Por qué no realizarán el registro inmediatam- ente? Contestó Ristori que lo mismo se le había ocurrido a él, y, para ver lo que pasaba, mandó salir a un coolí con un bulto de tejidos, para llevarlo a un comercio de la ciudad. Los policías siguieron al cooLi, pero no le dijeron nada. -Si es así- -opinó Pradier- se trata nada más aue d e un servicio de vigilancia. -Es posible- -replicó Ristori- pero no por eso nos molesta menos. Yo creo que estos son los preparativos para el registro. En este asunto debe de haber alguien que se ha enterado de la detención de nuestro corresponsal de Hong- Kong, que sabe las consecuencias que va a tener v que, para evitar que una mudanza ponga a cubierto nue. stro negocio, ha dispuesto que seamos vigilados, por de pronto. -Entonces, qué hacemos? -preguntó febrilmente Pradier. -Esperar. Sobre todo no vengas al despacho hasta mañana. Sólo consegu rías, viniendo antes, que aumentase la vigilancia. Wong y Ny tienen muchos recursos, y están más interesados todavía que nosotros en que no les cojan. ¡Esperemos... Pradier regresó al bar anonadado. ¡Aquello era el fin! ¡A menos que el comprador o el encargado del almacén tuvieran alguna ocurrencia genial- -ocurrencia que su inteligencia, más positiva nue la c e Ristori se V negaba a creer- al día siguiente se realizaría el registro v los detendrían después! Detenidos! Toda su vida honrada y su apellido inmaculado hasta entonces iban a rodar por el fango por culpa suva. La emoción le opr mió la garganta, y tuv i sed de pronto. Llamó a un cri. tdo y pidió una mezcla infernal. ¡Era mejor beber! Acaso así olvidaría un poco, durante las interminables horas que faltaban hasta el día siguiente. i Deshonrado! Destruido su ensueño de rehabilitación definitiva, de tranquila feli-