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L I T E R A T U R A rada, y ai verle él dos ojos compirendió lo que ocurría y se puso rnuy pálido. -i No me guarde usted rencor, niña! Tengo graves contrariedades y bebo para aturdirme... pero no me juzgue usted mal por eso. De lo demás no m. e importa nada... Pero de usted sí; ¡de usted sí! La llevó hacia el automóvil. Por la portezuela asomaba la barba de Braillard. Acudió el chauffeur a tomar la orden, gorra en mano. Braillard le dijo en changhaiano- -hablaba admirablemente todos los dialectos chinos- -por dónde tenía que llevarles. Zumbó el motor. Iban sentados en la testera del coche, y Pradier se acercó instintivamente a Marta. Recobrada la lucidez con la dolorosa mirada que ella le dirigió, Pradier estaba desesperado de que le hubiera visto la muchacha, no ebrio, pero sí un poco bebido. Com. o él declaró, le tema sin cuidado la opinión de los demás, pero la de ella, no... ¡la de ella no I Y era que, aunque todavía no se daba cuenta exacta de la lenta transformación de sus sentimientos respecto a Marta, estaba locamente enamorado de ella. Cierto es que si se lo hubiesen dicho se habría echado a reír. Ello empezó por un movimiento de curiosidad: a 1 recibir el telegrama de Clairval ofreciéndole no un empleado, sino una empleada, se preguntó: ¿Quién será esa extraordinaria muchacha francesa que acepta tan deliberadamente el destierro a un país que otros consideran como una maleza? Alguna fea que, desesperada por no encontrar un pretendiente, quiere ver si b va mejor en la colonia. Luego, cuando la vio asomada a la borda del Paul Lecat, tan deliciosamente rubia, tan admirablemente mujer, se quedó sorprendido, sorpresa que no tardó en convertirse en interés. Creyéndolo de buena fe, se dijo que su deber le obligaba a cuidar de aquella joven, sola en una ciudad como Ghanghai, donde el aburrimiento degenera por menos de nada en una crisis aguda de hipocresía. Sin segijnd a intención, la llevó al Círculo, la convidó V procuró que la convidaran, consagrándole buena parte de sus noches. No era fácil que un hombre como él viviera en una casi intimidad con una muchacha impunemente. Aunque se creía abroquelado contra toda clase de aventuras, gracias a su experiencia, a su edad y a su vida anterior, no tardó Pradier en enamorarse de Marta. Creyó que aquello era simpatía nada wás, pues sólo por simpatía se interesaba por ella. Es una criatura deliciosa de verdad- -decía: -y merece que se ocupe uno de su vida solía repetir cada vez que in mente se reprochaba haber perdido una velada por su culpa. Perdido para el juego, por supuesto. Pero en seguida disfrutaba el encanto de su conversación y- -siempre sin darse cuenta- -la presencia de su encantadora compatriota llegó a ser para él una necesidad, algo imprescindible. Cuidadoso de ir temprano a la oficina para poder charlar con ella, jugaba menos cada vez y abreviaba las partidas nocturnas, que así y todo seguían siéndole favorables. -Indudablemente, Marta es mi mascota- -pensaba. Y presentía su porvenir, en el cual, pagadas sus deudas con las ganancias que estaba realizando, ya no tuviera que jugar, y ¡sobre todo, sobre todo se desentendiese de Ristori y de Wong. ¡Aquella Marta! Una muchacha muy agradable, realmente. C u l t a inteligente, afectuosa. ¿Por qué no habría permitido su sino que encontrase una parecida cuandp tenía treinta años? ¡Cuánto mejor hubiese sido para él! Las alternativas que sufrió luego, solitario y desocupado, no hubiesen influido en su modo de ser. ¡Mala suerte la suya! ¡Ya era demasiado tarde! i Con sus sienes plateadas y sus arrugas... i Al fin, Marta se casaría con algún buen mozo que la haría feliz. Esto era lo que había que desear. Sentía una leve opresión en el pecho cada vez que evocaba la posibilidad de aquella boda deseable, pero se le figuraba que aquello no eran más que celos paternales. -i Celos paternales! Sí, eso es- -comprobaba, satisfecho con su explicación- ¡Qué estúpido soy! Después de todo, esa niña podría ser hija mía, y no tiene nada de extraño que me interese su felicidad fu ura. I Quién sabe i Acaso se convierta en mujer de algún holgazán que la haga desgraciada... ¡Los hombres de ahora no valen tanto como los de mi tiempo! No se atrevía a expresar abiertamente que, después de todo, acaso fuera más feliz con él que con el muchacho holgazán, pero en el fondo, de su alma lo pensaba. Se decía que otras cosas más difíciles había visto y que, en cuanto liquidara su pasivo, sería cosa de pensarlo... Hasta entonces su deber de caballero le exigía una discreción absoluta. En éstas estaba cuando, fiado en su suerte, le sorprendió bruscamente la catástrofe. Llegó Ristori, corriendo, con los ojos es. pantados... Se metió de golpe en el despacho de Pradier, y le preguntó, febril: ¿Estás solo? Y, al contestarle su socio afirmativamente, echó el cerrojo a la puerta, cerró la ventana v, en voz baja, con la boca junto al oído de Pradier, le comunicó la espantosa noticia: la Policía había detenido a su corresponsal chino de Hong- Kong y le había encontrado muchos papeles comprometedores referentes al tráfico de opio, en los cuales se les nombraba con toda claridad. Estaban amenazados de una investigación en sus almacenes con todas sus consecuencias. En el primer instante, Prad er se puso lívido. Pero, a poco, dueño de sí mismo, ante la proximidad del peligro, quiso poner en claro la situación, ¿Cómo supo Ristori la noticia? Por un