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L I T E R A T U R A toneles con m- arca de cemento alrededor de los cuales flotaba en el ambiente cierto olor a opio... Marta juzgó que no debía llamarle la atención. Cuando acabó el punteado, volvió a la oficina, y allí, donde no la veía nadie, dio rienda suelta a sus tristes pensamientos. Recordó entonces algunas cosas, como fragmentos de conversaciones sorprendidas entre Ristori y Wong; retrasos en la llegada de a gunas cajas, que se recibían cuando ya se había cerrado el despacho en la Aduana... Vio con claridad absoluta con evidencia aterradora, que estaba en una casa de contrabandistas. De Ristori no podía chocarle nada. Tenía presente la desagradable impresión que le produjo su primer encuentro con el italiano, j Pero en Pradier, en aquel hombre tan inteligente, tan bueno, tan leal- -ella misma, pudo comprobarlo en muchas ocasiones- aquella conducta la dejaba estupefacta! ¿Por qué no había ido al despacho aquel día? A pesar del trastorno que experimentaba, se hubiera confiado a él, le habría manifestado el sentimiento que le daba verle alcanzado por aquella infamia. Pero es el caso que no apareció allí en todo el día, y por la tarde, en e Círculo, sólo pudo verle rodeado de amigos, ante quienes no podía, decorosamente, pedirle una entrevista a solas. Luego vino la partida de tennis... De todos modos, ya no deseaba ella tanto hablarle. Cuando se halló en su casa, el cansancio, la renugnanciá, predominaron sobre la indignación y la sorpresa. No pensaba tanto en enterar a Pradier de lo que había visto como en huir al fin del mundo, ¡adonde fuese! ¡Enterar a Pradier! ¿Para qué? -pensó en voz alta. ¿Enterarle? j Pues si pensaba enterarle era que no tenía la convicción de que estuviese en connivencia con Ristori y con Wong! ¡Sí... eso era! La evidencia saltaba a la vista: él no sabía nada, v. sin que se enterara el francés, aquel canalla de Wong- -ni siquiera se atrevía a culpar a Ristori- -utilizaba el ffo- down para cubrir su, tráfico clandestino. ¿Cómo no lo había comnrendido antes? ¡Haber sosnechado de Pradier... Como si no estuviera aquel hombre a cubierto de toda sospecha, siendo tan recto, tan honrado, tan franco... Se arrepentía de sus absurdas suposiciones y de haberse mostrado ñoco antes tan francamente desagradable. Debió de sorprenderle su actitud. Sorprenderle y tal vez apenarle: fué siempre tan bueno para con ella, le manifestó tanta simpatía... Era indispensable una explicación. Y, además, corría prisa avisarle. Encaminóse de nrisa al guardarropa. Ya no estaba allí Pradier. David, a quien vio al paso, le diio que en cuanto estuvo vestido se fué a las salas reservadas para los juegos de naipes. Allí fué ella también, pero tampoco estaba ya. Perpleja, iba ya a subir al salón de fiestas- -y eso que Pradier no acostumbraba a concurrir a los tés con baile- cuando, al pasar por el bar, le vio encaramado en un taburete alto y jugando a los dados con un caballero anciano, de barba respetable. El la víó también. -Llega usted a tiempo, señorita mala jugadora- -le dijo en voz alta- Acerqúese usted, si gusta, y, le presentaré a mi antiguo amigo Braillard, que está de paso en Changhai y conoció mucho a su papá de usted. El caballero anciano tomó suavemente la mano que ella le tendía, y declaró su hoja de servicios. Treinta y nueve años en China, de ellos, veinticuatro en el interior. Seis años en el Japón. Tres en Java... Conocí mucho a Enrique Lacoste, señorita Y me produjo muchísima tristeza la noticia de su muerte. Pradier, con el rostro encendido gritaba: -j Mozo! Traiga más mannhattan- y un tnarlini para esta señorita. Marta protestó, pero él insistía: Sí, sí: un wiartini; yo sé lo que le gusta a usted. Le extrañó a Marta ver tan agitado a su jefe, que habitualmente era hombre muy tranquilo, v una mirada que dirigió a la mesa le dio la solución del enigma. Ante Pradier había un grupo imponente de copitas vacías. Aquello le afligió. No porque la preocupase la salud de Pradier, pues sabía, de oídas, su sorprendente capacidad de absorción, sino porque hubiera deseado encontrarle tranquilo, normal... ¡Era tan delicado lo que tenía que decirle! Pero él vació de un sorbo su cock- tail y volvió a pedir. ¡Boy! Dos mannhattan más. No tiene uno todos los días la suerte de encontrarse con un compañero antiguo. ¿No es cierto, Braillard? Con la barba, que era prolongación de su barbilla, el interpelado hizo un movimiento afirmativo. Y empezó, solemnemente a decir: -Fué en 1905. ¿Cómo? ¿Qué fué en 1905? -preguntó Pradier. -Fué en 1905 cuando conocí a Lacoste- -exp icó el anciano. -i Áh! ¿Todavía estás en eso? -comentó burlonamente su interlocutor. Y para camb ar de conversación dijo, dirigiéndose a la muchacha: ¿Otro martini, señorita? No le pregunté a u. sted antes si quería repetir. Apenada por aquella intemperancia, rehusó: -Pues, entonces, nosotros beberemos. ¿Verdad, Braillard? i Boy, dos marf nis; meior dicho, cuatro martinis. qtie ahora llegan dos amigos que no harán aspavientos.