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LITERATURA ESPEJISMO DE ASIA NOVELA, ORIGINAL POR JUAN D AGRAIYES Y MARCELO E. GRANCHER TRADUCCIÓN DE J. CAMPO MORENO Ilustraciones de Méndez Bringa. (Continuación. N el terreno central- -el court de campeonato- Marta Lacoste, que fué antaño la mejor jugadora del Lyon Olympique Universitaire, tomaba parte en una partida de dobles acompañada de Pradier, contra la señora de Blauzon de Ruf fec, esposa del abogado de este apellido, y Le Braz. Aquellas dos parejas, famosas en la Con- cesión, jugaban siempre matches encarnizados, ante público numeroso, que se interesaba siempre muclio por el resultado. Le Braz, como Pradier, era un buen atleta; alto, musculoso, daba smashes potentes y muy temibles. Aunque la edad le privaba de algo de su flexibilidad, de su rapidez de otro tiempo su experiencia, su golpe de vista, su conocimiento del tennis le convirtieron en uno de los mejores jugadores de Changhai, y sólo Pradier estaba en condiciones de vencerle. Pradier jugaba con furia. Parecía como si durante aquellas partidas, procurara aturdirse, olvidar sus preocupaciones, para pensar únicamente en el momento actual. Tan pronto encogido, tan pronto dando un salto de puma con su cuerpo lanzado por el formidable resorte de sus piernas, estaba en todas partes, en el fondo y en la red cubriendo los rectángulos de juego con su incansable actividad. Venia siendo campeón de Changhai, sin interrupción, desde hacía diez años. Diez años, durante los cuales sus adversarios, ingleses, am. ericanos y japoneses de los demás Clubs, se consolaban pensando: Los años harán su obra... y, sobre todo, la vida que lleva. El año que viene le arrebataremos él campeonato. Y pasaba año tras año, sin que fallase aquella máquina potente y cuidadosamente atendida con la cultura física. La señora de Blauzon de Ruffec- -la bella abogada, como la llamaban entonces en Changhai- -era también jugadora meritisima y titular del campeonato de señoras desde la temporada anterior. Así, pues, las dos parejas, m- ixtas se constituyeron de un rhodo espontáneo, para luchar todas las tardes. Aanel día la acompañante de Pradier se manifestaba muv por bajo de sí misma en su actuación. Era int itil aue el nes: ociarite se multiplicara cubriendo él solo todo el te- E rreno; Marta no estaba en juego, y, visiblemente preocupada, perdía las pelotas más fáciles. -Game and set- -no tardó en anunciar Le Braz, terminando cori una espléndida bolea- Seis- cero, seis- uno: es una buena cuenta, ¿verdad? Prad ier, que había saltado por encima de la red para irse al guardarropa, se volvió, furioso: ¡Con una pareja que está nerviosa cualguiera pierde! No volveré a jugar con mujeres que, sin saber por qué, estén en la luna. Dicho esto, azotó el aire con un amplioraquetazo dio- un empujón a uno de los criaditos encargados de recoger las pelotas, y, a pasos largos, desapareció camino de los cuartos de duchas. Marta, entristecida, vio cómo se marchaba. é Sin saber por qué? ¡Demasiado sabía ella por qué estaba aquella tarde en la luna El descubrimiento que hizo por la maña- na permanecía grabado en su imaginación, y probablemente no sé borraría nunca. i De modo que aquel hombre era un malvado... Aquel hombre, de quien ella estuvo a punto de enamorarse... Un malvado, y de los peores; de esos que, desafiando las leyes, burlándose de los más elevados principios humanitarios, basan su criminal tráfico en la explotación de odios, en las discordias, en la guerra... Permaneció mucho tiempo postrada por aquella repentina revelación. Tanto tiempo, que, cuando la sacó de su. embotamiento la desagradable voz de. Ny, que regresaba de casa de Wong, pudo, comprobar que por miedo al terrible número uno a quien hubieran tenido que confesar su cobardía, los coolíes optaron por cerrar apresuradamente la caja... y callarse. Ny paseó a su alrededor la mirada, como si sospechara algo. Reconociendo, a pesar de la perturbación de su ánimo, que valía más que nadie supiera lo que había. descubierto, Marta puso cara á e impasibilidad, y ordenó tranquilamente al encargado que continuara el trabajo a medio hacer. Este, tranquilizado del todo, reanudó la enumeración dé mercatncías, olvidándose casualmente de un lote de pianos y de unos