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LETRAS, ARTES, CIENCIAS bellísima y transparente, una criatura de otro mundo. Se echó a reír oyendo mi pretensión y rae entregó un anillo. Cuando te lo pondas podrás conseguir la paz, pero no te digfo de qué modo. Te bastará seguir las manifestaciones de tu alrededor dijo, y yo tomé el anillo lleno de gozo, aunque secretamente dolorido por la risa de aquel bello espíritu. Aquí tenéis la joya... (Descubre la bandeja y muestra el anillo. La reina queda absai ta. Pattsa. RABAEL. -Bellísimo es tu presente, discreto Mossol; pero aún un príncipe ha de hablar. Veamos lo que me ofrece. (Sé adelanta Asuf, lento y erquido. Su apostttra es quisa tm poco fia- nfarrona e insolente, pero, a pesar de ello, noble. Sus ojos tienen el poder de esa mirada, inarina, acostumbrada a contemplar a lo lejos, con serenidad, el acecho de las borrascas. Tras él vienen algunos c ucrreros desnudos de fríe y pierna, con grandes yataganes al costado. AzuF. -Señora: soy Azuf, emperador de cuarenta naves corsarias, y he buscado la iiiya que deseáis en el mar. Allá, al Norte, i i el de los hielos, hay un castillo medio- umerg- íd- o. En él reina el señor del mar, el ci ie maneja los témpanos, esos barcos co- guas luchas y soñaban botines fastuosos. Un día se volvieron contra mí, llamándome traidor a la obra de mi padre; me desterraron y partí, renegando de aquellos hombres. El pregón anunciando la condición para conseguir vuestra niano llegó a mis oídos al comenzar mi éxodo... Y pensé que el mejor tesoro para vos sería el talismán de la paz perpetua. Desde mi antiguo palacio contemplaba 3 o muchas veces una isla perdida en el mar. Dice la tradición que allí moran la Pereza, el Hastio y la Indigencia. Nadie, pues, arriba a ella; pero es lo cierto que allí levanta una montaña su cima sobre las tempestades, siempre bañada por el sol o constelada de estrellas. Solemne paz la en nelve. Por eso, creyendo encerraría el talismán que necesitaba, arribé a la isla y trepé su vertiente azul. Ni peligros ni contrariedades; en aquella ascensión sólo bienestar y gozo disfrutaba. Su cumbre era de cristal, y salió a recibirme una mujer