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BLANCO Y NEGRO AUTORES OLVIDABOS El AlférezNarciso POR VICTORINO TAMAYO Serra ARCISO Serra o Vida alegre y muerte triste podría denominarse este artículo, pues a nadie mejor que al bullicioso militar de otras épocas, al festivo poeta y habilidoso comediógrafo cuadra como resumen de su existencia el título que D. José Echegaraj dio a uno de sus más famosos y celebrados dramas. Alegre soldado y bohemio empedernido en sus mocedades, escritor mimado de las multitudes más tarde, víctima después de penosa enfermedad, Narciso Serra ofrece en los últimos años de su vida cierta semejanza con aquel alemán afrancesado que desde el lecho del dolor dictaba irónicos versos: con Enrique Heine, el poeta a quien tradujo con esmero e imitó con delicadeza Eulogio Florentino Sanz. De aquí no pasa la semejanza, ya que al vate alemán arrancaba el dolor gritos de desesperación y emponzoñadas sátiras, mientras que de los labios de Serra, ni aun en los momentos de mayor sufrimiento, jamás salieron sino donaires y chistes, y su espíritu no se vengó de los dolores del cuerpo azotando con látigo sangriento, como Heine, el rostro de la humanidad. Veinte años vivió- -si esto es vivir- -postrado en un sillón, paralitico y sin otros recursos que los de una corta pensión que le daba el ministerio de Fomento. Su madre, que le asistía como sólo las madres saben, escribía los versos que el hijo dictaba, y de este modo pudo Serra terminar algunas obras para el teatro, y de este modo llegó una noche solemne, en la que el actor Manuel Catalina, amigo de Serra, quiso dar a éste una prueba especial de cariño estrenando una de sus últimas obras, Dos Napoleones, en su propia presencia. Fué trasladado Serra en un sillón al teatro Español, y desde tm palco bajo presenció la representación. El público vitoreaba a! poeta; éste quería saludar y no podía, y entre ambos se formó un lazo tal de simpatía que, cuando poco tiempo después (en 1877) falleció Narciso, el pueblo madrileño le lloró como si hubiera perdido un hijo amado. Fué Serra un poeta fácil, galano, espontáneo, sencillo, cultivador constante de la difícil felicidad, que dijo Moratin, del chiste que se celebra, de la expresión humana de efectos tiernos, del epigrama intencional que provoca la risa y no hiere la epidermis. Manejó el idioma, si no con pulcritud académica, con portentosa facilidad y admirable desenfado. Ser poeta- -dice el perspicaz y agudo crítico Manuel de la Revilla- -era en Serra tan natural como lo es en los pájaros ser cantores; y su poesía, fruto de la inspiración nativa más que del estudio, N brotaba de él con tanta facilidad como el agua de los manantiales. Se ha considerado a Serra como el legítimo heredero de Bretón, y, efectivamente, salvo la fecundidad, no hay más semejante que ambos poetas. La característica del autor de Marcela, como la del de Don Tomás, fué arrancar la vida a unas cuantas figuras llenas de vida, de verdad y de carácter; poner en sus labios un diálogo vivo, chispeante, rebosando naturalidad y gracej o formar con todo esto una acción más o menos verosímil; trazar con cuatro rasgos un acabado cuadro de costumbres y revestir todos estos elementos con la magia de una versificación fácil y fluida; he aquí el secreto de los éxitos que alcanzaron estos poetas, que resolvieron el problema, hoy diíícil, de excitar constantemente la risa del público sin incurrir casi nunca en la chocarrería y en la bufonada. Serra, sin embargo, llevaba una ventaja a Bretón de los Herreros. Este no supo o no quiso traspasar nunca la esfera de lo cómico; aquél, sin llegar al verdadero drama, consiguió desenvolverse en más amplio círculo que su predecesor. Escribió con magnífico éxito comedias de capa y espada, algunas tan ingeniosas y llenas de color de época como La calle de la Montera; comedias de ambiente militar tan prodigiosamente observadas como Don Tomás y A la puerta del cuartel, ambiente que le era familiar, ya que en sus mocedades frecuentó los cuartos de banderas, haciendo sonar sable y espuelas y luciendo en las mangas de su uniforme de Caballería las insignias de alférez; cultivó con feliz resultado la zarzuela, y puede ser considerado como el creador de dos géneros deliciosos: lo que llamó pasillo, una pieza de breves dimensiones, cómica unas veces y cómico- dramática otras, en que se expresa un pensamiento de cierta trascendencia o se pintan conmovedores afectos, como El loco de la guardilla, Nadie se muere hasta que Dios quiere y El último- mono, y la Balada dramática, composición llena de ternura, sentimiento y delicadeza, en la cual es difícil no incurrir, como la ma 3 or parte de sus imitadores incurrieron, en la exageración y cursi sensiblería. Luz y sombra es acabado modelo de este género y una de las más primorosas joyas de nuestro teatro. No fué muy dilatada la vida de Serra; los cuarenta y siete años comprendidos entre el 24 de Febrero de 1830 y el 26 de Septiembre de 1877. Durante el curso de ellos ejerció diversas profesiones, además de la de autor dramático y poeta festivo: de 1848 a 1854 fué actor; pero se vio precisado a abandonar la escena porque como