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EL T E A T R O así es) tampoco logrará por este camino el actor o la actriz de provincias consolidar su fama, su prestigio y su nombre en Madrid. Seguirá siendo nulo o poco menos su esfuerzo, y volverá a rodar por esas capitales y esos pueblos realizando tal vez verdaderos prodigios de arte, pero sin que ello se traduzca en gloria ni categoría artística. Tal es el caso de María Luisa Moneró, una de las más completas de nuestras primeras actrices actuales. Esta afirmación quizá sorprenda un poco a quienes recuerdan sólo sus triunfos de Lara y del Infanta Isabel, sin duda reveladores de un temperamento de actriz más que estimable; pero triunfos, creaciones que al fin no hicieron más que encasillarla- -como casi siempre sucede aquí- -en la categoría de actriz cómica. Sus más afortunadas creaciones fueron, entre las obras que obtuvieron buen éxito, en papeles cómicos o bien en comedias que pasaron sin dejar huella. No ha tenido la suerte de unir su nombre al hecho de lin estreno inolvidable en Madrid, y de ahí que en Madrid se ignore aún la calidad de actriz eminente que hay en María Luisa Moneró. (No lo ignoran en Valencia ni en Bai- celona, donde el año último hizo prodigios en la interpretación de los más opuestos tipos. Lola Membrives, por ejemP lOj actriz igualmente eminente, en El mal que nos hacen en Rosas de otoño, en Comedianta, en Señora ama, que en Cancionera; Lola Membrives va más unida en el recuerdo de la crítica y del público a Cancionera que a n i n g u n a o t r a de aquellas obras, porque tuvo la suerte de estrenar en Madrid esa obra genial entre las geniales de los Quintero. Pero en tanto que la suerte quiere deparar a María Luisa Moneró la noche triunfal que marque unidas para siempre la efemérides de un estreno sensacional en Madrid y la efemérides de una gran creación suya, el hecho positivo y cierto es que esta actriz puede figurar, por fuero de su talento y de su arte polifacético, entre las contadas eminencias del momento. Cuando esa noche ilegue se proyectará sobre toda su labor ya realizada- -que no habrá resultado así esfuerzo baldío- -la vivida luz que permita poner de resalte pasadas jornadas gloriosas, hoy poco menos que obscurecidas e ignoradas facilitando otras futuras. Y entonces, como por arte de magia, se relacionará esa presente creación, que yo quiero esperar que un día sea su cons agración de gran actriz, con todas aquellas jornadas de otros tiempos, a las que hov lio se concede quizá el valor que entonces adquirirán: valor de antecedente. Por ejemplo, su primer triunfo ruidoso en la chulita de La losa de los sueños, a los pocos días de haber pisado por primera vez, siendo una niña, el escenario de Lara, interpretación que fué una pincelada genial en el prodigioso conjunto de aquella compañía (entonces, como ahora, la primera entre las más disciplinadas) que estrenó la formidable comedia benaventiana, obra que no me explico por qué no se representa más. Ya en aquel papelito se hizo notar la Moneró como actriz de positivo mérito y de gran porvenir. Como se destacó entre el cuadro de aquellos eminentes artistas en un pa- pel, ya ma 3 or, de la graciosa comedia, de Sinesio Delgado, La revolución desde ahajo. Actriz de base, de la buena escuela de Lara, pasó al Infanta, y en la barquillera obtuvo éxitos definitivos, pero en obras que no quedaron... y otras que, si quedaron, fueron de las que, por pertenecer todas al mismo g énero, contribuyeron a peligro de encasillarla, como dejó apuntado más 3- R.