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LAGARTERA (TOLEDO) ENTRADA AL PUEBLO Costumbres españolas. UNA B O D A EN L A G A R T E R A POS LUIS MARTÍNEZ KLEISEK C O O guarda sus galas la garrida y soM ñadora niuchachuela en el negro y vetusto aroón de nogal, del mismo modo guardó Lagartera sus pintorescos atavíos y sus típicas costumbres, alli donde el huracán de la moderna vida no alcanzase a profanarlos. Arca de nogal tallada, con cerradura de acero hecha a cincel, es para sí misma Lagartera las habitaciones de sus casas, con sus paredes cubiertas de loza talaverana antigua sus altos lechos cubiiertos de telas seculares y de mallas primorosas; sus muebles de otra edad adornados con tapetillos blancos, sobre los que se entrelazan fantásticas figurillas y caprichosos dibujos bordados con lana negra; sus cocinas, en cuyas espeteras los cacharros de cobre, heredados de generación en generacdón, relucen como el oro, parecen cuadros del ambiente de ayer encerrados, para deleite espiritual de los hombres de hoy, en los salones de un Museo. Sus curiosísimas bodas, cuyas tradicionales ceremonias se repiten inmutables de lustro en lustro y de siglo en siglo, y cuyos días de la carne, de la boda, de la manzana y de la bodiRo; se renuevan cada vez que una pareja enamorada se jura amor eterno ante un altar, parecen empolvados pergaminos que abandonan sus olvidados estantes y se sacuden el polvo de varias centurias para hablar de pretéritas edades a las generaciones presentes. Los trajes policromos, galanos, de alegre visualidad y artístico conjunto que lucen sus mujeres; aquellos manteos redondos, cortos y campanudos, de vivos y encontrados colores, cub ertos por el ensueño de las sayuelas de tisú; las altas gorgneras blancas, sobre las que realzan los negros bordados; las gruesas medias encarnadas, sobre las que se destacan dibujos en relieve formados por sedas blancas, verdes y amanillas los zapatos picados, de alto tacón; las sartas de corales, los pendientes de aljófar, los dijes de filigrana de oro y los pañuelos blancos de cabeza festoneados por llamativas guirnaldas, hacen de cada lagarterana una muñeca de vitrina. La vida entera aparece cristalizada en el pintoresco pueblecillo; y austero como el siglo que le vio nacer, alegre como la inocenaia de una infancia, patriarcal como un cabeza de familia, altivo como un señor de