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bordeando plácidas iagunas y a r m o n i o s o s ríos, y los cazadores lieg a n p o r fin, al N i i o Azul, en cuya margen florida y risueña establecen su campamento. Los griegos llaman al hipopótamo caballo de r í o los árabes, búfalo de r í o los egipcios, cerdo de río Esta es, indudablemente, la d e n o m i n a c i ó n más exacta. El hipopótamo parece, en efecto, un gigantesco, un monstruoso cerdo. C o m o en el cerdo, todo es provechoso y útil en el hipoI) ótamo; todo puede comierse y nada debe ser desperdiciado. P e r o el paquidermo a f r i c a n o tiene una- fiereza de que, por fortuna, carece nuestro substancioso y d ó c i l paquidermo. Su f u e r z a es terrible; su acoriieíividad, c u a n d o llega el caso, más terrible a ú n C a z a r u n hipopótamo p o d r á s e r tma cosa muy pintoresca, pero es también una cosa peligrosísima. El hipopótamo, rey y señor de los g r a n d e s ríos africanos, pasa el día entero en el agua, que es su v e r d a d e r o demento diurno. En ella permanece t o t a l m e n t e U N ALTO DIGNATARIO DB LA COBTB IMPERIAL DE ABISINIA CON SU ESPOSA, QUÉ RECUERDA LA BELLEZA BÍBLICA DE LA REINA DE SABA S U m e r g l d O Sin SB T f l j i e r a d e la SUperficie rno tm regalo de a g r a d a b l e sombra sus hojas verdinegras. Se abren como quitaseles las gráciles varillas del papiro. Por la corteza del kataf resbalan suaves y fragantes las bíblicas gotas dé la mirra... De tretího en trecho surgen algunos indígenas, que, embobados, contemplan el paso de la caravana. A la vera de un- bosque y al pie de un grupo de árboles del candelabro se detienen tm momento los cazadores. Nümerosos abisinios han salido de sus chozas y se han acercado al autcwnovil, que ven por primera vez. Les parece una máquina sumamente curiosa. Darían todas sus gargantillas y preseas por subir al automóvil y caminar a través de los montes de la Suiza de Africa Pero ya que no pueden satisfacer ese deseo, se contentan con ser útiles a los cazadores y ayudar aJ automóvil para salir del atolladero en que se ha metido al vadear un río. (Día y medio de marcha por montañas y por valles, salvando quebradas y precipicios, más que la parte superior de la cabeza y aun sólo las fosas nasales y las orejas. Si el río o el lago le ofrecen medios de alimentarse, no tiene prisa en salir del agua. El azulado loto, la flor sagrada de los i pcios, y el piílido nenúfar, la emblemática flor de los poetas, son los manjares predilectos del hipopótamo. Parece mentira que aquella bocaza monstruosa y repugnante guste de flores tan beUais y delicadas. E s una aberración más de las muchas que ofrece el espantoso anfibio, Una hora después de haberse puesto el sol sale del agua el hipopótamo y se introduce en el bosque, donde pasa la noche. A veces, en el silencio de ésta, se oyen los aullidos del monstruo, que no son comparables con los de ningún otro animal. Algo se asemejan al nmgido del toro, pero son mucho más prolongados, mucho más sordos, mucho más pavorosos que el mugido. Dan una horrenda impresión de cólera y de fiereza, siendo así que el hipopótamo los