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las subyuga. El tnimda no es más que un teatro ilusorio donde los seres, vari ades fugitivas de- una substantía única, vienen y se van, sufren y mueren bajo las infinitas formas d é l a metempsícosis. Poema del encantador El encantador indio es el símbolo del podeir humano sobre una Naturaleza llena de peligros constantes. Desde el insecto al tigre -observa Saint Víctor- el reino animal da ejemplo de destrucción aplicado a la inmensa escala de especies. La vectación, más deletérea que la farmacia de Locusto, destina. venenos iKortales. Matan una flor, una espina, la sombra de un árbol frondoso. Las selvas y los cañaverales, calentados al rojo blanco por un sol de fuego, elaboran epidemias terribles. De esta mortalidad encarnizada, agravada aún por las amenazas de una metempsícosis perpetua, surge ia idea de que la vida humana no tiene importancia, de que es sólo tma ilusión dqlorosa. La muerte, por tanto, en vez de castigo, es una dichosa liberación. De ahí las fiestas religiosas del Tirúnal, de Jagrenat, de Krisna, de Boyeda, donde las multitudes se dejan aplastar bajo las ruedas del gran Carro. De ahí la temeridad con que los indios afrontan al tigre, a las serpientes, a las más fieras alimañas. De ahí el tipo, entre feroz y ascético, del encantador, que cruza la ciudad y el campo llevando cestos llenos de serpientes, en cuya fascinación y doma se ejercita. El encantador, cuyo origen se remonta a los magos persas, pertenece a las capas inferiores del pueblo. Practica sus funciones, indistintamente, con perros salvajes, toros, tigres, tortugas, serpientes. Se sirve para ello de su a t i l d a d corporal, elástica, nerviosa, en tensión constante. T a. gritos ex tentóreos o calla en un sileiKio profundo, obstinado. En sus carnes, plagada de cica- trices, la p i d es seca, correosa, como de pergamino. La abundancia de ofidios determina a su vez el número extraordinario de encantadores. Cada año acuden de todas las regiones a la fiesta de los Naya Panchami Serpiente S ada, que se celebra en Bombay, orillas del Ytuna. Los indios aportan por ofrenda vasijas de leche en número fabuloso. Entonces cada encantador rodea cada escudilla de varios reptiles, que engullen silenciosamente el líquido. Cuando, hinchadas y torpes por la digestión, apenas se pueden mover, el encantador, en cuclillas, las va fascinando una a una. A veces sujeta a su lado una mangona, especie de hurón, que se alimenta de ofidios, y Cuando éstos se muestran muy rebeldes le encomienda rápidamente su exterminio. La mangosta se arroja sobre el reptil, lo asfixia y lo devora. Entre los más difíciles de domar destaca la boa de anteojos, gruesa como el tronco de un árbol, larga de cuatro y cinco metros, que ataca a las fieras más feroces. El encantador, con su enorme desprecio por la vida, deja que se le enrosque al cuerpo, cuidando bien de atenazarla el cuello para evitar la mordedura. L u o por medio del cuchillo, con la mano cubierta dé un guantelete de hierro, la desquijara, como Hércules al león númida. Los encantadoires congr jan en su torno al pueblo, no tanto por la curiosidad del espectáculo como por la superstición, que les otorga facultades de hediicéría. Atraen o ahuyentan, a sus conjuros, el Bi i o el Mal. Personas, animales, cosechas, prosperan o decaen a su capridio. Son, como los antiguos magos, sus progenitores, encarnación de lo humano sobrenatural. (POTOS H A N S HERZBEKG)