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ras que han de vencer. Para escalar el cielo y tener un derecho indiscutible a la divinidad, el fakir permanece horas, días, semanas, meses, años de hinojos, con las manos cruzadas, atravesadas por las uñas como lancetas. Inmóvil, sin parpadear, sin respirar, llega al estado predivino del yoga que es el ser del no ser A veces, como en el poema de Valmiki, los dioses, por temor a que se les iguale, le envían tentaciones temibles, como a San Antonio. ¿Qué te cuesta más trabajo vencer en tus penitencias? -pregunta, en una leyenda búdica, el rev Asoka a un fakir a quien encuentra en pie, al sol, entre cinco fuegos llameando. tJN F A K I R TOS T, A INDIA IMPREGNADO DH CENIZA j fiNCANTADOK TIl 0 B SERPIBNTE. S Ver las gacelas. Me recuerdan a l a s mujeres- -murmura el fakir. Pero estos fakires del libro son demasía- do parlandhines, demasiado humanos. Los fakires reales, verdaderos, que cruzan los caminos o pululan por la ciudad, son táci- ¡tos, rígidos, terribles. N o comen, no dúer- ¡men, no miran, no oyen, no sienten. Las I aves se les posan en la cabeza; 3 a hier- ¡ba, creciendo, los va sensiblemente omitan- j do, enterrando. Llueve, nieva, azota la tem- pestad, rugen las fieras, crepitan los fusiles, atruena el cañón... El fakir, sumido en el yoga ha traspasado los umbrales del mis- tério. Nada oye, ni ve, ni siente, ni quiere... A su vista detiénense las multitudes, cer- ¡candólo, admiradas. Tan edificante ejemplo rrirann