
món de la barca, nos entrega una cuartilla con un recorte de periódico y unas líneas de los hermanos Quintero al pie. Mientras desciframos el acertijo, el maestro sonrie. La que nos comunica es la última de las chanzas amistosas con las que! o3 autores de La hiiena sombra van entreteniendo los veinticinco años de espera de la partitura de La venta de los gatos. Bajo el recorte de periódico que reseña el pintoresco y cruel exterminio gatuno ocurrido en una ciudad alemana invadida por una epidemia felina, los Quintero comentan con gran alarma: ¿Habrá alguno de los nuestros entre los exterminados? ¡Tenemos el alma en la boca! En otra ocasión, la declaración solemne de Serrano de que no le faltaban más que ios enlaces de los números para terminar la ópera, motivó la sorna de otra respuesta. Extrañado, primero estupefacto, después, comenzó a recibir reseñas y gacetillas matrimoniales de gentes que no conocía y que no le importaban absolutamente nada. Amoscado ya, inquirió de los Quintero la causa de la extraña ocurrencia. Los Quintero explicaron Como decías que no te faltaban más que los enlaces, nos apresuramos a enviarte todos los que encontramos. Más inmediato que el estreno de esta otra venta famosa, el maestro nos habla, un poco exaltado, de una zarzuela que acaba de terminar, y de la que el ilustre Fleta dio a conocer un número en el Real. Fué una obra concebida ñor Serrano per-
ginalidad de su versión. Como padre de criatura malograda, el maestro contempla dolorido la pérdida de aquella hija de su espíritu tan legítimamente concebida bajo las naves del españolísimo templo del Pilar. Tras de este accidentado alumbramiento artístico, el maestro Serrano estrenará una interesante zarzuela titulada El joyero de París, debida a la hábil pluma de Luis Germán, que con su Rubia del Far West y su Danza de apaches acusa ya su vigorosa personalidad entre los jóvenes libretistas, y obran igualmente en su poder una zarzuela y un saínete de Arniches, prometedor el último, por el esmero con que se ha escrito, de reverdecer los supremos laureles sainetescos de La verbena de la Paloma. El príncipe Carnaval emprende su rumbo de retorno hacia la playa, en la que nos aguarda el abordaje encantador de las lindas muchachas del Perelló, dispuestas a dejarse retratar sobre la barca, bajo la oportuna dirección de Pepito Serrano, el pequeño Diagilef madrileño, sobrino del maestro y director de escena del Victoria. El viento ha encalmado. La tarde deviene plácida y tranquila. Nuestro amigo, acaso acuciado por el ambiente confidencial del momento, se acerca a nosotros y nos dice con cierta emocionada gravedad: -Aunque no lo parezca, en esta playa trabajo intensamente. Ahora, como en otros años, lo mejor
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sonalmente, presencialmente, visitando el Pilar, de Zaragoza, y bajo la emoción inspiradora de un momento casual en el que los acordes del órgano se fundían con la canción de una rondalla cercana. Seducido el compositor por el interés musical del momento, se animó para llegar a é! a discurrir un asunto cuya ejecución líbretística confió a dos colaboradores amigos suyos. Pero una desavenencía imprevista motivó la ruptura de la colaboración y el aprovechamiento de sus ex colaboradores del asunto y, sobre todo, de aquella soñada situación musical para otra obra y otra música. En vano la obra de Serrano ha sido rehecha por un excelente comediógrafo. En vano también ia partitura tendrá su sello personal, ¡u estilo musical inconfundible, en apoyo y diferencia de la itttnDiii
de mi producción se lo debo al Perelló y, en general, a Valencia. Le creemos con no menor gravedad. El inspirado compositor no sería un verdadero músico si no sintiera, al volver a su país, al pisar su tierra, la emoción y el misterio de esta sagrada comunión con el espíritu del país natal, tan fecunda para el artista. Como un trozo de pintura o una buena poesía valencianas, él ha sabido interpretar la visión sonriente del suyo con su música, toda claridad de forma, nitidez de contornos, delicadeza de matices, vivacidad y gracia de ritmos; toda puro lirismo, complacencia y ternura por el dulce y jugoso vivir levantino, por la sonrisa y la sabrosa alegría valencianas que animan sus canciones.
RAFAEL
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VILLASECA.
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