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Kl, GRAN CARICATO KN UNA ACTITUD CÓMICA Con todas. Yo he considerado una por encima de las demás: Julián Romea. Fué mi maestro. Mis compañeros más queridos, por no citar más que a los desgraciadamente desaparecidos, fueron Manolo Rodríguez, Ramón Rosell, Emilio Carreras, epe Riquelme, José Mesejo... ¿Y en qué teatros de Madrid ha trabajado durante los treinta años? -De la Alhambra pasé al Principe Alfonso, donde e. strené Campanero y sacristán. De allí, a la Zarzuela, antes del incendio; de esas temporadas son La maja, Noche de Reyes, El padrino del nene. El señor Joaquín, La Tempranica, El húsar de la guardia. Después de una temporada corta con Julia Fons en El Dorado, pasé al teatro de Apolo el año novecientos dos, donde hice todo el repertorio de los últimos tiempos de la zarzuela. Recuerdo como de mayor éxito La alegría del batallón, E. I fresco de Gaya, El amigo Melquíades, El chico de las Peñtielas. Serafín el pinturero... Y por último, en el diez y seis, pasé al Reina Victoria, donde me encuentro tan ricamente. ¿No ha ido nunca a América? -Una sola vez. El año once. Dórente, el simpático y buen actor, interrumpió la conversación diciendo Bueno, hombre. Cuenta ya algo gracioso. F: epe M oncayo abrió mucho los ojos, y con un ronquido muy peculiar, como si estuviera en escena, exclamó: ¿Gracioso? YFira, el traspunte acaba de gritar ue vamos a empezar, y todavía no estoy vestido. Pues mientras te vistes. Algo que te haya ocurrido o que hayas presenciado. Tantas cosas he presenciado! Yo he visto cómo un aristócrata le tiraba desde su palco los gemelos a nn espectador de butacas porque se hacía guiños con una tiple... Yo he visto... -No, no es eso. Algo personal, muy tuyo. -Pues ahí va. Yo soy hombre que odio la injusticia. Por lo mismo que acato cuanto creo justo, me rebelo contra lo que no lo es. Había un crítico, hace mudios años, que me atacaba sin piedad, cruelmente. Yo he sido siempre muy respetuoso para el ajeno co. mentario. He atendido siempre los consejos que me han dado. Precisamente aquel crítico me echaba en cara un defecto que entonces tenía, y que he ido corrigiendo poco a poco. Yo, preocupado con entretener y divertir al público, hablaba en e. scena demasiado para él, sin atender lo debido al diálogo. No sólo procuré corregirme, sino que le di las gracias por el consejo. Pero sif uió insistentemente, sistemáticamente, metiéndose conmigo. En una ocasión el pobre sufrió una desgracia irreparable; se le murió su madre. Y yo, al encontrármelo en la calle, le di un abrazo muy sincero y le prodig ué frases de consuelo y aliento, que él agradeció correspondiendo al abrazo y llorando. A los dos días me arreaba el palo más formidable que en mi vida teatral me han dado. Y como me lo tropezara a poco en la calle de Alcalá rodeado de amigos, no pude contenerme, y le dije: Mira, de aquello de la mamá... nada de lo dicho... ¡Don Pepe... a escena! -grita el traspunte, cortando nuestras carcajadas. Y allá va Pepe Moncayo por entre bastidores, fumando su puro, saludando a unos, diciendo dMrigotas a otros y ¡ellizcando a alguna tiple, si puede. Ya en escena, el público, Madrid en masa, lo aclama con verdadero delirio, y por la curtida faz del veterano actor creemos ver resbalar una furtiva lágrima. RAMÓN MAKTINBZ i i iiji DE LA RIVA. (FOTOS ZBGRI)