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Hubo un martes aciago y los reniegos y las lamentaciones de los que resultaron malparados en ese dia se perpetuaron y se desfiguraron en los diohos del vulgacho, hasta convertir la execración liacia un solo día, concreto y determinado, en anatema y reprobación general hacia todos los del mismo nombre. Y ello pasó tal y como puntualmente se re ata. Tocaba a su fin la vida del Monarca que, según afirmación de Desclot, fué el hombre más bello del mundo: levantaba un palmo sobre todos los demás, y era muy bien formado y cumplido de todos sus miembros; tenía el rostro grande, rubicundo y fresco; la nariz, larga y recta; ancha y bien formada boca, dientes grandes y muy blancos, que parecían perlas; ojos negros, cabellos rubios como hilos de oro, ancho de hombros, cuello largo y delgado, brazos gruesos y bien hechos, hermosas manos, largos dedos, muslos robustos y torneados; piernas largas, derechas y convenientemente gruesas; pies largos, bien hechos y esmeradamente calzados; y lué muy animoso y aprovechado en armas, y fué valiente, y dadivoso, y agradable a todo el mundo, y muy compasivo, y todo su corazón y su voluntad estaba en guerrear contra los sarracenos Así aparece retratado en la Crónica el gran Rey de Aragón D. Jaime 1, ü Conquistador, el magno cal) itán y almirante ganador de Mallorca, de Menorca y de Valencia. Poco antes, muy poco antes de rendir a la muerte la fortaleza de su existencia, cuando ya en ella habían abierto hondas brechas los rudos trabajos y las no escasas penalidades de un vivir hazañoso, el epopéyico conquistador, sobreponiéndose con buen ánimo a sus flaquezas corporales, tuvo que acudir a atajar un levantamiento de los moros que habían quedado en Valencia. l ll fuego de la rebeldía se atizó con la entrada en tierra de Castilla de los Beni- Merines africanos. Envalentonáronse los de Valencia, y, ayudados por algunos zenetas granadinos, osaron tomar castillos mal guarnecidos y desafiar con pendón de rebeldía la autoridad de D. Jaime. A la voz de éste, y por su mandato, congregáronse, con lucidas huestes, los rícos- homes de Aragón, de Valencia y de Cataluña, y abriendo campaña derrotaron y arrancaron la vida, en Alcoy, al promotor del alzamiento: al levantisco cabecilla Al Azark. Mas luego la suerte no se mostró propicia para las tropas cristianas. Quedóse el Rey en Jatiba reponiéndose de sus dolencias, y sus sol- dados marcháronse a presentar batalla a la morisma que, abundante y bien armada, había pasado a Luxen. Los capitanes aragoneses eran peleadores heroicos, pero les faltaba de prudencia y de arte militar tanto cuanto les sobraba de corazón. Y allí fué la rota y allí el desastre, y allí finó la flor de la principalidad de Aragón, y allí cayó sin vida, que no sin gloria, el muy poderoso señor de Albarracín D. Garci Ortiz de Azagra, y allí perdió la libertad no menos que el Comendador de los Caballeros Templarios, y pereció tanta gente de Játiba, que la población quedó casi yerma... Esto fué en un martes, como pudo ser en cualquiera otro día de la semana. Pero fué en un martes. El maestro de cronistas. Zurita, consigna en sus Anales: Por esta causa, según escribe Marsillo, se decía aún en su tiempo poj- los de Játiba el martes aciago Y el P. Mariana amplifica la referencia y anota: El estrago fué tal y la matanza, que desde entonces comenzó el vulgo a llamar aquel día, que era martes, de mal agüero y aciago. La rota de ¡os setabenses fué en el año de 1276. Es natural que los que quedaron con vida y sus descendientes y sucesores no olvidasen que su infortunio sobrevino en un martes y que renegasen del mal día, de la mala hora, del mal mes y hasta del mal año en que se consumó su ruina. Es explicable que andando el tiempo, borrado de la memoria el suceso y subsistente sólo la frase que lo sintetizó, un forjador de refranes- -aspirante al título de paremiólogo- -recogiese el dicho del lemosín y lo adaptase desenfadadamente al castellano diciendo: En martes, ni te cases ni te. embarques. Y la candorosa credulidad de los supersticiosos se encargó de completar la leyenda negra de! martes. Queden, pues, los martes, limpios y horros de inculpación como acarreadores de malaventura, y tenga remate la simpleza de considerarlos aciagos. Con iguales méritos de justicia había que declarar perdurablemente incursos en anatema los demás días de la semana porque, a poco que se escudriñe, en todos y en cada uno de ellos, no sólo los españoles, sino los habitantes del orbe entero, han sufrido y han llorado descalabros y adversidades mayores que la derrota de Játiba. (DIBUJOS nio nr. oinoii) í