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na. Hubo desde entonces quien creyó que Batuecas era un pueblo de bobos, y la idea de que las Jurdes y Las Batuecas constituían una sola comarca dio por resultado que el atraso mental de los júrdanos fuese atribuido a los imaginaríos batuequeños. En la altura del valle luce en todo su esplendor la flora alpina; en el fondo hay un Abril perenne. En el bosque señorean robles, encinas, pinos, álamos, castaños y abetos que ceden el terreno a nogales, avellanos, cerezos y moreras, embalsamados por lirios, madreselvas y egiantinas. El bosque se transforma en huerta y la huerta se trueca en jardín al llegar a la vecindad de los tapiales del convento, fundado en 1597 por Fray Alonso de la Madre de Dios. Al recinto conventual da entrada un zaguanete cuya bóveda conserva vestigios de artesonado de corcho. De allí se pasa a un patinejo lleno de malezas, y por fin se desemboca en un hermoso patio rectangular convertido en huerta. Al fondo, mirando a Oriente, gallardea la fachada principal del templo: un muro liso triangular formado por bloques que fulguran como gemas cuando el sol hiere las cristalizaciones de los cuarzos y de la mica que vetean la piedra. A la izquierda del patio se alzaron antaño la ropería, hospedería y comedor de la, hospedería; a la derecha estuvieron las capillas de la Natividad de María y de la Magdalena. La puerta de entrada al templo la forma un arco ojival, adornado por una hornacina y rematado por airosa espadaña que muestra sus huecos desprovistos de campanas. Al llegar al interior del templo, desierto y ruinoso, se experimenta sensación trágica... Por los agujereados muros asoma el ramaje de los árboles, la techumbre desapareció completamente, el piso es un erial cubierto por hierbas silvestres, en las grietas de los paredones han arraigado plantas parasitarias que ayudan a la obra demoledora, del altar mayor sólo subsiste un montón informe de mampostería... Por allí han pasado la brutalidad humana, la devastación del incendio y la inconsciencia de los animales; allí hociqueó el ganado, crepitó la llama y se ensañaron los hombres, no sólo arrancando retablos, lienzos y esculturas, sino arrebatando también azulejerías y vidrieras, puertas y herrajes, y saciando su codicia en cuanto estuvo a su alcance. Las lluvias y los huracanes coadyuvaron ciegamente al destrozo... Allí hvibo crucero, y a los lados del retablo mayor existieron altares; en la nave de la izquierda se alzaron capillas, y en la de la derecha estuvieron la sacristía y otros departamentos en comunicación con el templo. Sobre la nave correspondiente a la fachada Norte guardó sus tesoros la biblioteca conventual, y sobre la nave opuesta, orientada al Sur, tuvieron acomodo la enfermería y las celdas destinadas a religiosos valetudinarios. Al pie del altar mayor, una gran brecha se abre en el sitio de la puerta de la capilla- -cementerio de los Carmelitas. Montones de escombros señalan los parajes donde antaño se irguieron el refectorio de la Comunidad, la cocina y el refectorio de los mozos de labor y de los criados del convento. Un techo hundido y unas paredes claudicantes son restos del taller principal que allí existió: el de fabricación de utensilios de corcho. Los religiosos de los Yermos Carmelitas no podían usar objeto alguno que no fuese de corcho, excepción hecha de los cálices y de la custodia. A Poniente, detrás de la iglesia, cegadas y derruidas, consérvanse las bodegas de aceite y de vinagre. Hacia el ángulo Sudeste están los vestigios de la aceña, de la almazara, del lagar y de los alfolíes. Al Noroeste son escombras el lavadero, la tahona, la cerería y los establos. Paralelamente a los muros laterales del templo muestra el suelo avenidas empedradas, al aire libre eran los claustros. Al lado, otras sendas angostas, flanqueadas por árboles y por arbustos variados daban entrada a veinte celdas, ya destechadas e inhabitables. A cada celda correspondía un jardincito con agua para el riego. De tal modo rivalizaron los Carmelitas en el cultivo de flores para el adorno de los altares, que aun hoy subsisten- -aunque semisilvestres- -notables variedades y especies de arbustos y de plantas, singularmente de rosas, procedentes de remotos países Frente a los ángulos exteriores de la iglesia existieron cuatro hornacinas, llamadas Basílicas. Fuera del recinto conventual, junto a pavorosos barrancos, hubo diez y seis ermitas. De ellas, la más célebre fué la que ocupó hasta su muerte el último de los ermitaños de aquel desierto: un religioso conocido generalmente por el nombre de Padre Cadete. Siguiendo la calle de los Cedros, junto a la orilla de un riachuelo tributario del Batuecas, hay un lienzo de pared, un montón de cascote, raíces y restos de un árbol derribado. Allí se alzó un alcornoque cuyo tronco medía más de treinta pies de circunferencia. En el hueco del tronco se instalaron un altar y un crucifijo. Ante el tronco se elevó un portalillo coronado por una cruz, y aquello fué templo y vivienda de un anacoreta. Sobre la abertura del tronco, una calavera enclavada mostraba esta inscripción: Morituro satis (Para el que ha de morir, basta) Y allí vivió ejemplarmente y murió en olor de santidad D. José M ría de Acevedo y Pola, capitán de Guardias españoles. Era hidalgo y arrogante mozo de veintidós años de edad cuando pidió y obtuvo como merced la entrada en el cenobio. Finó en edad octogenaria. Los alrededores del convento ofrecen rincones deliciosos. Las fuentes del Silencio y de las Conferencias encierran sugestión poderosa; las umbrías del bosque, los remansos del Batuecas y los miradores de las cumbres son invitaciones de paz, de contemplación, de evocación del ayer, acaso más bello por más distante. Ni estos recuerdos de mi visita ni siquiera las notas fotográficas pueden dar idea de lo que eran hace un decenio el valle y las ruinas del convento de Las Batuecas. Aquello fué un potuero, en el cual, ahuyentado el enjambre que labraba, en panales de oración, mieles de piedad y de consuelo, sólo subsiste la colmena rota: el templo desierto.