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licías, y mientras su servidumbre miedosa escaldaba fuera de la vivienda, Ra- Ra le habló desde el fondo del bolsillo que le servía- de refugio. Consideraba prudente no quedarse allí. Ya había hecho bastante el gigan. te para protegerle de sus enemigos. Debía dejarlo escapar antes de que llegasen fuerzas más considerables. FJ necesitaba mantenerse libre i) ara la continuación de sus trabajos. Y el Gentleman- Montaña, convencido por sus razones, le había dejado en el suelo para que huyese, a rovechando la confusión que reinaba alrededor de la Galería. Flimnap se abstuvo de recriminaciones. Lo urgente era evitar un combate entre el ejército asaltante y el coloso, todavía irritado. Y empezó a contar a é. ste lo que había visto. De pronto Gillespíe, que escuchalia ceñudo las I) alal) ras del profesor, lanzó una ruidosa carcajada. Fué el relato del discurso de Gurdilo en el Senado lo que le hizo pasar sin transición de la cólera a la hilaridad. La idea de que toda la República confederada de los pigmeos se estaba ocupando de sus pantalones como de vnia manifestación subversiva y la seguridad de que iban a onerle faldas, iguales a las de Ra- Ra, hicieron que su risa se prolongase mucho tiempo. Los gruidos de afuera creyeron que el coloso feroz estaba saludando con carcajadas el cadáver de su víctima. Mientra. s tanto Flimnap se esforzó por que el gentleman le admitiese como mediador. -Por fortuna, usted no ha matado a nadie, v los señores del Gobierno municipal, que están abalo, me atenderán si yo les pido la Tiaz en su nom 1) rc. Qué es lo que usted deseaba? ¿Salvar a Ra- Ra... Este se ha marchado, librándole a usted del compromiso de defenderlo. Ahora lo interesante es conseguir que no le miren a usted como un rebelde. Me autoriza liara que trate en su nombre? F. l Gentleman- Montaíí a contestó con un gesto de indiferencia, y el profesor quiso aceptarlo como si fuese de aprobación. Luego pidió a su poderoso amigo que bájasela mano lentamente hasta depositarlo en el suelo, y salió corriendo de la Galería. Cuando las gentes que estaban en las inmediaciones le vieron avanzar hacia ellos mostraron el mismo asombro que si contemnlasen un aparecido. Xo lo había matado el gigante... F. l profesor siguió corriendo ladera abajo en busca de los señores del Gobierno municipal. No tuvo que ir inuy lejos. I. as tropas habían formado un círctdo en torno a la colina y ascendían, estreciíando cada vez más su circunferencia para que el enemigo no nudiera escapar. T os del Gobierno municipal acogieron al cate (irático fríamente. IDebían haber re -íbido órdenes superiores durante la ausencia de Flimnap, cambiando su oninión acerca de éste. Sin embargo, cuando les dijo que el gigante no haría resistencia, deián. dose registrar y obedeciendo a cuanto quisieran ordenarle las autoridades, todos se mostraron algo más efusivos con el mediador, agradeciendo sus buenos oficios. Por indicación de Flimnap el ejército cesó en su movimiento ascendente, manteniéndose lejos d 11 C. d ría Su presencia nodla excitar de nue- vo la irritabilidad del gigante. Un simple destacamento de la Guardia acompañó a estas autoridades y al profesor cuando se aproximaron a la Galería. Flimnap empezó a dar gritos a la servidumbre para que volviesen todos a ocupar sus puestos como si no hubiese ocurrido nada. Detrás del rebaño domé. stico entró él con sus ilustres acompañantes y la escolta. Obedeciendo sus indicaciones, un grupo de atletas había corrido a la alto de la mesa para manejar la grúa montadora de alimentos. Ocupando su plato ascensor pudo llegar a la vasta planicie de madera sin necesidad de subir por las fatigadoras espírales. Los del Gobierno municipal le acompañaron en su ascensión mientras toda la escolta subía por las tres patas de la mesa que se mantenían intactas. Flimnap presentó a Gillespie sus acompañantes, y como éstos no entendían el inglés le pudo recomendar al mismo tiempo que fuese prudente. -Estos señores se contentan con que permita usted el registro de sus bolsillos. Edwin accedió alegremente al pensar en la inutilidad del registro. Además el profesor quiso hacerle admitir como un gran honor el hecho de ser las hermosas muchachas de la Guardia las nue huronearían en sus bolsillos, en vez de aquellas hembras feas de la Policía a las que había hecho pasar un mal rato. Cuando los apuestos guerreros de la Guardia terminaron su infructuoso registro, los del Gobierno municipal se retiraron con una expresión ambisrua e inquietante, -Está bien- dijo uno de ellos al nrofesor- Que todo continúe aquí lo mismo. M añana veremos qué es lo auo dispone el Consejo Ejecutivo. Este mañana inauietaba a Flimnap. Creyó prudente pasar la noche bajo el mismo techo que su amado gentleman, como si esto pudiese apartar de él los peligros todavía indeterminados que le anunciaban sus presentimientos. Dio órdenes a la servidumbre para que el gigante cenase como todas las noches. El trastorno originado por la visita de los perseguidores de Ra- Ra no debía notarse en la buena marcha del servicio doméstico. Lue. go. cuando el gentleman iba a acostarse, Flimnap fingió nue se volvía a su vivienda, despidiéndose de él hasta el di a siguiente, ñero se dispuso a pasar la noche en la cama del administrador del almacén de víveres, aunan con el propósito de no dormii- j Mañana! -pensaba- ¿Qué ocurrirá mañana? Presentía que fuera de aquel enorme edificio se estaba condensando una nube de hostilidad que iba a estallar al día siguiente sobre la cabeza del g iírante. Lhna srran parte de las tropas habían Quedado al pie de la colina vivaqueando. En lo alto permanecía inmóvil una escuadrilla de máquinas voladoras. Durante la noche vio, al asomarse por tres veces, la fila circular de ho, srueras en torno de las cuales dormían los soldados, y sobre la techumbre de la Galería, los aviones, aue abrían de vez en cuando sus ojos, paseando sobre la tierra mangas de- luz. Poco después de amanecer, cuando el gip- ante estaba aún en su cama, se presentó un empleado del Consejo Eiecutivo. al que seguían varias mujeres que, a juzgar por sus trajes, pertenecían