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SINDICALICEMONOS
PÜK GAUALDON Y TÜVAR
E
N Sevilla han ocurrido muy lamentables in cidentes entre caseros e inquilinos. Ya no es la revolución desde arriba, ni desde abajo, la que nos amenaza; es la revolución desde todos los pisos. Ningún estadista de los pocos que usufructuamos había previsto que pudiera llegar este momento. El casero, que fué hasta hoy una respetable y casi inviolable institución, está gravemente amenazado por este movimiento revolucionario del inquilinato, que ya tiene extensas ramificaciones en Europa. En París hace tiempo que funciona una Asociación de inquilinos, que se han constituido en Junta de defensa. Esta Liga tiene por objeto defender hasta el último extremo y por todos los medios legales los intereses y derechos de los inquilinos adheridos a ella, prestarles su ayuda y asistencia a los asociados en todos sus conflictos con los propietarios y procurar obtener todas las modificaciones legislativas, municipales y administrativas necesarias y útiles a los ¡aquili 0 nos no hay más que traducirla del francés, adaptándola al inquilinato español y estrenarla. Para solucionar las cuestiones que se susciten entre arrendatarios y arrendadores, la Dirección de la Liga que aquí pudiera constituirse, ya que el momento no puede ser más oportuno, deberá enviar un delegado al casero en cuanto el inquilino formule una protesta, bien porque intente subirle la casa, no le- quiera blanquear la cocina o porque no sea de su agrado la doncella. El delegado, ¡que vaya sí tendría trabajitol, procurará convencer al casero de que no tiene razón, empleando toda clase de amables argumentos y de consideraciones, acariciando a los niños, si los tiene; celebrando cualquier tontería que diga como si fuera una frase lapidaria; en fin, deberá poner de su parte todos los medios imaginables para conseguir su propósito. En el caso de que el casero se muestre irreductible y hasta intratable, el delegado dará cuenta a la Junta, y ésta entonces procederá contra el p ropietarío en la forma que más pueda molestarle; por ejemplo, obligándole a que revoque la fachada, a que instale cuartos de baño en todos los pisos y a otras reformas por el estilo, todas muy costosas, a que tan propicios se muestran siempre. Al grito de ¡sus y al casero! ha comenzado en Sevilla la cruzada del inquilinato. Claro es que en esto, como en todo, ha sus honrosas excepciones; pero convengamos en que los hay que abusan y debieran ser desahuciados de sus pretensiones. Hay quien ha elevado las rentas en un ciento por ciento, y las ha elevado sin ascensor, sin causa que lo justifique. Contra estos ansiosos se ha levantado el coro general de inquilinos al grito de guerra ¡Mueran las fianzas I He aquí otro aspecto no sospechado del sindicalismo. Todo el mundo se sindicaliza... y se escandaliza. Ahí están las criadas de Barcelona, dispuestas a moverse en aquel sentido. No piden las pobrecitas más que doce duros al mes, dos horas diarias de asueto y poder recibir a sus amistades. Este es el programa mínimo. Como no se establecen horas para las visitas, se dará el caso de que la señora de la casa no se atreverá a decirle a la muchacha que ponga la ni esa, porque quizá en aquel instante estará recibiendo en la cocina a alguna de sus relaciones. Es decir, si se allana la doméstica a que ea la cocina el sitio para recibir, porque es lo más probable qUe exijan se las destine un saloncito estilo Imperio o Luis XV. Figúrense ustedes cuál será la situación ridicula del amo de la casa, porque habrá días que, ocupadas la señora y la criada en departir con sus am istades respectivas, tendrá que meterse en la cocina V hacer los más humildes menesteres. Y este hombre, víctima de la familia, del tendero, del casero, del panadero y de la criada, tendrá que sindicalízarse consigo mismo e ir al paro forzoso antes de dar un céntimo más a todos los acaparadores de su existencia.