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para el saloncillo de Lara. Durante mucho tiempo estuvo seriamente enfadado conmigo. Pero ya usted ve; realmente, es interesante la colección. Efectivamente, su contemplación evocó en nosotros las épocas más brillantes del teatro español. Allí, D. Pedro Delgado, artista de un vigor tan extraordinario, que, según cuentan quienes le oyeron, ponía espanto en el ánimo de los espectadores íiafael Calvo, el recitador incomparable; el sublime Vico, Emilio Mario, Julián Romea, Miguel Cepillo, Manuel Catalina, José Mata, suegro de Emilio Thuillier en su primer matrimonio, toda luia estela gloriosa de nuestra escena. Hay otros, más antiguos, del gran Máiquez, de la fam o s í s i m a Rita Luna, en contraste con las modernas fotografías de Mar í a Guerrero, de Fernando Díaz de iVIendoza... Y en una orla de plata, con un escudo real, el egregio y llorado duque de Tamames, admirador de t o d o artista, amigo cariñoso de Emilio Thuiíli e r, por lo, tanto. La conversación, fuera de! m a r c o en q u e nosotros queríamos ver al actor, tenia un aspecto, intimo y confidencial. -Yo he sufrido m u c h o mucho; perdí a mi prim. era mujer, una santa, que me dejó im hijo; perdi a mi madre... y a q u í c o m e nzaron mis e n o r m e s desdichas... desdichas LI. IF. R r, N que me hicieron la vida imposible, que me llevaron y me trajeron por la crónica escandalosa, que me arruinaron, que me destrozaron. Todo fué una equivocación, esa eterna equivocación, base casi siempre de la infelicidad humana. En fin, tales han sido mis cuitas, que ya, crea usted que, aparte de los recuerdos imborrables y de los seres queridos, por nada sufro ya ni nada logra impresionarme. Las últimas palabras de Thuillier trajeron a nuestra memoria conceptos que hemos leído sobre la psicología dé los cómicos, que aseguran r. c estar- mal que tengan su propia alma rasa, como tienen afeitado el rostro para caracterizarse de mil maneras. Quisimos animar un poco al artista. -Tiene usted- -le diurnos- -una gran aureola de conquistador, de hombre irresistible para las muj. eres. Pero tampoco parece ser éste punto que a Thuillier enorgullezca. Rió mucho, eso sí, mientras explicaba: -Pero, hombre, si eso es una leyenda. Si todo eso de que los actores reciben cartas de declaración y se ven asediados por sus admiradoras, es una fantasía. Yo he conocido quienes se las escriben a sí mismos para dar qué decir. Lo que ocurre es que, por la índole de la profesión y el lugar que ocupamos, nuestras cosas trascienden más al público. Por lo demás, crea usted que nuestras aventuras amorosas suelen ser tan vulgares como las de cualquier mortal, y auta tienen un aspecto la mayor parte de las veces, que no deja de ser algo mortificante, y es que las mujeres no s e enamoran d e nosotros, sino de los personajes que repres e n t a m o s. Además, la culpa es de ustedes; sí, señor, de ustedes. P r ecisamente un compañero de usted, a quien he llorado mucho, José de Roure, fué el que desde Gedeón p o p u 1 a r izó esa irr esistibilidad de que usted habla, y mi calda de ojos que se hizo célebre. Yo, ¿qué il) a a hacer? Era un actor joven y que empezaba, ansioso de popularidad y r e s onancia. Oh, a q u e l l o s t lempos... ¿Comenzó usted su carrera muy joven? -Muy j o V e n. SU DESPACHO Yo vine de Málaga, decidido a ser actor, a los diez y ocho años. En el Conservatorio estudié declamación, y debuté ea el teatro de Novedades. Hice varias campañas en provincias, y mi primer éxito en Madrid, lo que pudiéramos llamar mi consagración- -el recuerdo de aquella noche no se borrará jamás de mi memoria- fué con Realidad. Formaba v O parte de la compañía de Mario y Cepillo. ¡Qué compañía! ¡Qué serie de triunfos! ¿También usted cree que en el teatro, como en todo, cualquier tiempo pasado fué mejor -Según. Le diré a usted. Entonces había m. ás actores y más grandes. ¡Oh, sí! Indiscutiblemente, mucho más grandes. Respecto a mí, nunca como ahora me he sentido más satisfecho de mi arte, de mí mismo. Yo estrené el Jitan José, que fué uno de mis mayores triunfos, ¿verdad? Aún recuerdo aquella noche en que. apretando la