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mentar los trágicos amores de Melibea? Pues aún vive y canta, aunque su Patria no le ha querido oir... ¡Guitarras mágicas, guitarras de España, sonad en honor de Felipe Pedrell! ¿No habéis oído, guitarras nuestras, llorar al mundo por dos españoles que han muerto y que fueron cantando por el mundo- -tampoco España los supo escuchar- -vuestras malagueñas y vuestras tiranas i Guitarras mágicas, llorad lo irremediable... sonad por Albéniz y por Granados! Y vengad la injusticia hecha á los viejos y á los muertos, honrando á los jóvenes que aún viven. Guitarra bruja, guitarra gitana y morisca, guitarra de la fatalidad, guitarra de la muerte y el amor inmortal, guitarra de la pena negra y de la esperanza desesperada, guitarra de la hoguera, de la pasión y de la compasión, ¿no sabes que Aíanuel de Falla ha hecho triunfar á fuerza de pura perfección tu bravio lirismo, en el mismo corazón del mundo civilizado, y que ahora está contigo, aqui, ea la tierra tuya j suya, cantando para ti lo que le dictas tú, poniendo tu salvaje inspiración en cifras de ciencia suprema? ¡Defiéndele, puesto que se ha acogido á tu fiereza, y más quiere penar contigo que triunfar sin ti! Y tú, guitarra sevillana, ilusionada y ultralirica; guitarra del amor fugaz; guitarra de azahares y claveles, de cielo estrellado, de agua de fuente que rebota en mármol; guitarra del pisar menudito; guitarra de mantillas y ojos negros, de luz de luna sobre las florecidas copas de acacia; guitarra de la media noche y el apasionamiento rendido en un suspiro, porque ya no sabe si vela ó duerme; guitarra mágica de la esperanza que no quiere morir; guitarra de sol sobre el mar y de la risa en los labios de la novia, ¿acaso ignoras que Joaquín Turina canta á tu son maestra y quedamente, y va encantando el sueño de los más exquisitos y durmiendo el pesar de los atormentados con la embustera magia de su copla, que deshoja el penar en una sonrisa, para negarle el derecho á la queja... Pues si lo sabes, escúchale cantar, que el arte de otras tierras le llamaba con voces de sirena, y él se acordó de ti y dijo bravamente: ¡Mi guitarra y mi Fspaña! Guitarras mágicas, guitarras brujas, seguícl sonando... ¡Y tú, tierra mía, ponles la cuerda de oro de tu comprensión, para que no se diga que sólo tú entre las naciones desdeñas lo tan tuyo y haces morir de frío á tus ruiseñores! YCír L EL RETRATO DE CRISTINA POR SINESIO DELGADO r (íÁJ V h- í eA. líi A Fué prueba palpable de amor. Uno de esos adorables retratos que, á solas, se cubren de besos. Cuarenta años hace. ¿Qué he dicho? ¿Cuarenta? Pues es fácil que pase y que me haya fallado la cuenta. Ello es que una noche bastante lejana, Cristinita, la del boticario, salió á la ventana miróme amorosa durante un buen rato, y diciéndome: Toma, bien mío me dio este retrato, en el cual no queda nada de Cristina, porque sólo conserva... lo blanco de la cartulina. La mano del tiempo, terrible, implacable, no dejó ni vestigio de aquella mujer adorable, y un día los rasgos, la sombra otro día, se borró, se perdió difumada la fotografía. Pero, ¡ay! es la parte peor de la historia que la imagen huyó, y que con ella se fué la memoria; de modo que tengo clavada la espina de ignorar, aunque tanto la quise, cómo era Cristina. Pasó medio siglo. Los dos somos viejos, y no sé, si ella vive, si vive muy cerca ó muy lejos. ¿Verdad que producen intensos dolores esas líneas borradas que evocan recuerdos de amores, que fueron la llama de Un alma encendida y en un triste cartón amarillo perdieron la vida? Joven que saludas la hermosa alborada del amor, si te ofrece su imagen la mujer amada, sabe que es probable que el dolor te abrume cuando, al cabo del tiempo, el retrato se borre y se esfume, y en vano pretendas de la cartulina que te diga, rompiendo el secreto, cómo era Cristina... a A ín? aaJy