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ESCENAS MADRILEÑAS EN EL RETIRO 1 os jardines y las estatuas de una gran ciudad nos dan idea, á primera vista, del estado de un pueblo de su cultura, de su buen gusto, de su amor á las bellas cosas. En Madrid hay algunos hermosos parques y jardines: el Retiro, el Botánico, el parque del Oeste, la Moncloa. De monumentos escultóricos no andamos tan bien (pero existen fuentes muy lindas, como alguna del Retiro, la Cibeles y la de las Cuatro Estaciones, en el Prado, entre la fronda de los plátanos pomposos, con su viejecito, el Invierno, que se calienta las manos en un braserico y que tantos millares de niños habrá visto jugar, reJr, devanear... y desaparecer) Una excepción entre los monumentos es el levantado en el parque del Oeste, sobre el fondo verde de la arboleda y con la lejanía azul y blanca del Guadarrama en la lontananza, al doctor Federico Rubio. (Pero ¿por qué en este bello monumento- -mármol y bronce- -se da la incongruencia ps cológica de que mientras el niño, aupado por ¡a madre, ofrece unas flores al doctor, éste mira á lo lejos, indiferente, desdeñoso, á la delicada ofrenda que se le está haciendo? Los jardines de Madrid ofrecen cada uno su característica especial; nada más distinto del Retiro que la Moncloa, ni nada más opuesto al parque del Oeste que el Botánico. Hablemos del Retiro. Dediquemos, sin embargo, antes, de hacerlo, un recuerdo á los pequeños jardines interiores, recoletos, en los cuales no vemos sino- -desde una azotea- -las cimas puntiagudas de unos cipreses: cipreses que acaso sean trágicos é históricos, cipreses que tal vez rememoren unas muertes heroicas en i8o S. El Retiro cambia según las estaciones; la observación está al alcance de todo el mundo; ahí están los árboles para atestiguarlo. Menos vulgar es que este parque se muda y transforma á cada hora del dia. Los visitantes son también diversos. En el Retiro tantas regiones que ofrecen aspectos pecuien gusta de pasear por el ancho vial de es el mismo que devanea por la hondonada la el Palacio de Cristal. Los amantes lo visitantes en el Retiro que cruzan rápidaél á una hora elegante y mundana (las cuaarde en invierno) hay otros que no van á 10 á sentarse y leer; otros, finalmente- los taciturnos, los angustiados por algún íntimo pesar, los trágicos- otros, repetimos, que permanecen en un banco, absortos, meditativos. Estos son los que en los respalden de los bancos graban inscripciones amatorias, fechas y nombres, augurios aterradores. En las mañanas del verano, cuando Madrid ha quedado casi desierto, entrando al Retiro por la puerta de la IntSependencia, en las alamedas de la derecha, veréis constantemente los mismos visitantes; todos los días van á la misma hora y están el mismo tiempo. Son unas niñeras ó una madre con sus niños débiles y pálidos; la madre se sienta en un banco y comienza á leer un periódico ó á urdir alguna labor casera. En tanto, los niños se esfuerzan en jugar, se mueven de una parte á otra de un modo lento y melancólico, t enen gritos y exclamaciones vagas, que expiran sin fuerza apenas salen de la boca. Estos niños deberían estar n una playa ó en una montaña, en vez de estar en estos jardines á estas horas: todos, casi todos los demás niños que visten como éstos, se han marchado ya lejos de Madrid y en estos momentos retozan entre las fragosidades montañesas ó corren, huyendo de las olas, por las playas doradas. Y estos niños, páhdos, exangües, que llevan en sus nervios- -inexorable fatalidad- -el cansanc o de tres generaciones, no tienea más playa y más montaña que estas alamedas de Retiro. Y nos imaginamos á un méd co recomendando el mar ó la montaña, y á esta madre que aquí se halla sentada, escuchando- con cuánto dolor íntimo! -esta recomendación del doctor... Son las once de la mañana; el cielo está límpido, y el profundo silencio só o es turbado de cuando en cuando por e campanilleo lejano de un tranvía. La alameda está desierta; el sol vivido que se cuela por los resau cios de la fronda pone en el suelo fulgentes notas blancas. Todo recto, todo luz y sombra, todo silencio, todo verde en las hojas y negrura en los troncos, el vial de viejos olmos se pierde á io lejos en una lontananza que nos recuerda el cuadro de un pintor. AZORIN Dibujo de Regidor.