
j U n cuento, abuelita! -suplica un niño morenote, con negros ojos profundos que incuban amores y proezas. ¡U n a historia, abuelita! -implora una niña rubia de azules ojos soñadores, serenos, que reflejan flores y palomas. ¡U n cuento de guerras, de piratas, de conquistas! ¡U n a historia de princesas, de hadas, de encantamientos! Y la vieja, amante y complaciente, revolviendo en el fondo del cofre de cedro de sus remembranzas infantiles, encuentra en él un cuento donoso y una asombrosa historia; y amasándolos con sus dedos brujos de ensartadura de años, toma á la niña en su halda; sienta á sus pies al niño y oteando lo pasado, con sus cansados ojos preñados de nieblas, comienza la conseja d o r a d a Pues señor... -P u e s señor: una vez, era un rey que tenía u n a hija hermosa como un rayo de sol de Abril. Todos los hijos de todos los reyes del mundo estaban prendados de ella; de la belleza de su cuerpo, que estaba formado con nieve de las montañas y con rosas de Alejandría, y de la hermosura, aún mayor, de su alma, que si el Señor no la hubiera hecho, parecería fabricada con resplandores de la Gloria por ángeles y serafines, por querubines y arcángeles. U n a santita del cielo era esta princesrta adorable, y en ardiente amor á Dios se abrasaba su alma hermosa y p u r a N o le gustaba asistir á fiestas mundanas, saraos ni torneos, carreras de sortija ni justas de lanza; juglares y bufones, más que risas de su garganta, arrancaban lágrimas de sus ojos; los trovadores mismos que al pie de sus ventanas entonaban dulces endechas y tiernas canciones de amor, eran despedidos por la infanta con una sonrisa de agradecimiento y pagados con unas monedas y con una flor: para remedio del hombre y del poeta... Las viejas dueñas de palacio intentaban en vano distraer y alegrar á su gentil señora con frivolas charlas mundanas las damas de la corte, con punzantes murmuraciones envidiosas; los lindos pajecillos, con ingeniosas travesuras... Todo era inútil. L a princesita había decidido consagrarse á Dios, ofreciendo al Señor el perfumado lirio de su pureza y anhelaba hacerse m o n j a monjita del más antiguo convento de la ciudad, del cual era abadesa una abuela de la infanta: la señora reina viuda... Pues ocurrió que un rey moro, cuyos estados eran fronteros con los del padre de nuestra princesita, declaró la guerra á éste; y tan mal fueron las cosas para el rey cristiano, que después de una sangrienta batalla, en la que pereció lo más florido de su reino, él mismo cayó prisionero de los infieles, que ante el sultán vencedor lo condujeron cargado de cadenas. -U n a sola condición te impongo para nuestra paz y para tu rescate- -dijo el califa moro al rey cristiano- P o r todo el mundo vuela pregonera
la lama dé la hermosura de la alta infanta tu hija y mi señora. Tiénesela en mi reino por la más grande hermosura que ha salido de las manos de Alá. Prendado estoy, sin conocerla, de su virtud y de sus encantos... ¡Dámela por esposa! -N o haré tal- -contestó altivo el prisionero- si mil vidas tuviese que perder y con mil muertes me amenazases. Antes que verla esposa de un infiel, matárala con mis propias manos... -Gran consejero es el tiempo- -replicó el emir- él te hará cambiar de opinión. Y encerró al pobre rey en una profundísima mazmorra. Pues señor, que pasaban días y días, y nada sabía la princesa de su p a d r e hasta que unos cristianos fugitivos de las moriscas tierras llegagaron á palacio y contaron á la afligida infanta cuanto había ocurrido después de la batalla. Toda la noche pasó la princesa en oración, y al día siguiente envió una embajada al rey moro, pidiéndole condiciones para la libertad del cautivo. -Brindadle- -dijo á los embajadores- -todos nuestros tesoros y aún la mitad de nuestro reino, que yo los daré gustosa para lograr la libertad del rey, mi señor y mi padre. Partió la embajada, y al regresar, sólo pudo decir á la infantita: ¡Todo ha sido rechazado, señora! El sultán tiene un corazón más duro que las rocas de las m o n t a ñ a s más cruel que el de las fieras de los bosques. L a única condición que impone, ya la sabéis: quiere que le otorguéis vuestra mano de esposa... -Volveréis á verlo- -respondió la augusta niña- -y le ofreceréis las trenzas de oro de mis cabellos, que yo las cortaré por la libertad del rey mi padre. ¿E s o haréis, señora? exclamaron los nobles sorprendidos. -E s o haré, señores, y no faltaré á mi palabra, Y los embajadores, á su regreso, contestarüii: ¡Todo ha sido inútil, señora n u e s t r a! Oíd lo que nos ha respondido: N o hay en mis arcas oro como el oro de esas t r e n z a s pero yo quiero la mano de vuestra hermosa infanta. Tornad, y le ofreceréis los dientes de mi boca yo me los dejaré arrancar, uno por uno, por la libertad de mi padre. ¿E s o haréis, señora? -E s o haré, señores, y no faltaré á mi palabra, Y los embajadores, á su vuelta, respondieron: N o hay en mis tesoros perlas como esas perlas- nos ha dicho- pero yo pretendo la mano de vuestra valerosa señora. -Volved, y ofrecerle los ojos de mi cara, que yo me los dejaré saltar por su mano propia con su gumía de oro, para lograr la libertad de mi padre. ¿Eso haréis, señora? -E s o haré, señores, y no faltaré á mi palabra. Y los embajadores, al volver, contestaron: N o hay entre mis joyas zafiros tan bellos