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iBAJO CEROI... ¡Buena está la sociedad! ¿A dónde fué el tiempo aquel y aquella dichosa edad en que se acataba el principio de autoridad? Las ansias de rebelión cunden tanto por ahí, que ved la interpelación que me ha dirigido mi termómetro de balcón. Sal aquí, sal, amo mío, al aire libre, inclwnente; abre el cristal trasparente y sabrás cuánto es el frío como yo, prácticamente. Porque esta desigualdad es ya mucha crueldad: ¿l ú dentro y yo en el balcón? Es cuestión de dignidad el darte mi dimisión. En la corriente que impera de los avances sociales, debemos d e ser iguales: no estar yo de noche fuera y tú tras de los cristales. Pues, hombre, estaría bueno que del invierno en el lleno su friera yo tal rigor y lo pasara peor, mucho peor que el sereno. Este, al cabo, menos mal, puede dar su cabezada guarecido en un portal; yo... sacaría quebrada m. i columna mercurial. Y el sereno tiene ciertas ventajas cuando abre puertas. ¿Pero el papelito mío? i Decirte cuando despiertas si hace más ó menos frío! Grado menos, grado más, s í í rvi, li siKNa- no se qué prisa tendrás para darme este tormento cuando salgas, al momento por ti mismo lo sabrás. De justicia es mi demanda Para que tú en la bufanda te des una vuelta ó dos, asomado á la baranda paso estas noches de Dios. Mientras hábil tú y artero con la cama y él brasero, burlas el frío invernal, se me empaña á mí el cristal y me encojo bajo cero. Por eso te lanzo aquí mis terminantes reproches: si termómetro nací, ¿qué delito cometí para pasar estas noches? Por ser cosas afrentosas son odiosas estas cosas, pues termómetros nacieron aue, por su bien, los pusieron hasta en alcobas preciosas. De este frío á aquel calor, de esta saña á aquel amor hay muy grande diferencia; por eso ya mi clamor tiene tonos de insolencia. Y grito con energía al verme en la escala mía el último de la serie, porque tú, con sangre fría, me dejas á la intemperie. Mas como ves, no soy mudo el fundamento en que escudo mi protesta es verdadero: no me paso aquí, desnudo, más noches de... ¡bajo cero! Noches que, por lo crueles, sólo aguanta la Cibeles; de modo que, en conclusión: ¡me pones gabán de pieles ó me quito del balcón! AI ATÍTANO P E R N l