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CASOS Y COSAS DEL CARNAVAL r E modo que usted, marquesa, no cree, como el poeta, que cualquier tiempo pasado fué mejor -No; creo todo lo contrario... Dígalo el Carnaval. ¿Pero usted opina que el Carnaval antiguo era mejor? -Opino que, cuando menos, el moderno es más divertido. -Pues, ¿y aquellos bailes de la duquesa de Medinaceli, de los Fernán Núñez, del palacio Xifré? -Sí, los recuerdo; como que asistí á muchos de ellos. Vi á la hermosa duquesa Angela vestida de sirena, cuya cola estaba cuajada de brillantes. Presencié la fiesta del palacio de Cervellón, en el que cada asistente parecía una figura arrancada de algún lienzo de Velázquez, de Rembrano de Goya ó de Watteau, y al cual asistió la marquesa de la Laguna escoltada por la calle por una pareja de la Guardia civil para evitar un golpe de mano, porque la linajuda dama llevaba encima un tesoro en alhajas... Bailé también en el caprichoso palacio del Salón del Prado, donde se derrochaba el lujo y el buen gusto... Sin embargo, creo que el Carnaval de estos tiempos es más animado, más distraído. Puede que sea opinión de vieja gruñona... -No, marquesa; ni usted puede llamarse vieja, ni lo que usted opina hay que echarlo en saco roto... -Es curioso que la gente joven esté enamorada del tiempo pasado y los viejos tengamos que defender los días presentes. Me permito afirmar que la razón está de nuestra parte. Verá usted... En mis tiempos, el Carnaval callejero se concentraba en el Prado y en el Botánico. No había carrozas, ni, por supuesto, serpentinas ni confetti. Las máscaras se colgaban de las capotas de nuestros coches ó se subían en el estribo para darnos broma... -Seguramente con más ingenio que ahora... -En eso puede que tenga usted razón... Pero los coches se estancaban en Atocha y allí nos pasábamos las horas muertas sin ver la mascarada, que no pasaba del Prado. Hoy, el desfile es más largo, más ordenaQO... Hay tribunas artísticas... Relativamente artísticas... -Bueno; ¿del arte y el gusto de muchas carrozas no dudará usted? -No, pero son flor de un día. Al segundo, son lastimoso despojo... -Le diré á usted: sé de una de ellas que toc? avía vive... ¿Cómo es eso? Vive de modo adiíiirable. Llamábase la carroza Ün patio d e Triana ylas señoritas que la costea- ron tuvieron la feliz ocurrencia de destinar un sobrante de dinero que tuvieron á fundar una Asociación, cuyo fin es costear la comida á unas cuantas madres pobres que estén criando. Ya ve usted, aunque parezca una herejía, hay que bendecir á Momo, -Es verdad -Tampoco en mis tiempos había serpentinas ni ¿onfetti... ¿Y no cree usted que eso del oapel picado y en tiras sea un invento de algún fabricante de papel para dar salida á la mercancía? -Tal vez; hoy todo se industrializa, hasta el arte Pero el caso es que ustedes se diviertan como no nos divertimos los viejos cuando éramos jóvenes. Créame usted, cualquier tiempo pasado n o f u é mejor. -Pues todos los años entonamos un responso al Carnaval; todos los años decimos que muere... -En eso no han adelantado ustedes nada. Lo mismo decíamos en mis tiempos. Entonces, como ahora, resucitaba periódicamente. Por joven que sea usted, recordará que hubo unas máscaras casi célebres; la de los zancos y el moro de Perreras, por ejemplo. Eso prueba que no había variedad, puesto que unas mismas se hacían populares todos los años. -Pero, en cambio, el Carnaval de los salones... -i Y qué tiene usted que pedir al Carnaval aristocrático de estos tiempos? ¿Hay nada más bonito, original y carnavalino que esos bailes llamados de percal que ofrecen en su hotel los condes de Casa Valencia? Así, poniendo á contribución el ingenio, resultan mejor las fiestas. Por otra parte, ahora existe el Carnaval de los niños, que en mis tiempos no se conocía. ¡Son tan simpáticas las fiestas infantiles! De modo que por este lado resulta también favorecido el gremio de modistas, único que en todo caso podría Lamentarse de la desaparición de aquellos grandes bailes históricos. -Marquesa, es usted una mujer adorable, razonadora y de elocuencia persuasiva; pero temo que he de seguir pensando que el Carnaval pasa... -Dígame usted, ¿no será mejor pensar que los que pasamos somos nosotros? -Hasta en eso habrá que dar á usted la razón... ÁNGEL M. C A S T E L L