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Quedóse el soplo pendiente de mis labios, qtfe se despegaron abiertos oor el terror; y mis ojos, agrandados por el espanto, claváronse en aquéllo: en aquéllo, que sobre mí derramaba las miradas sin luz de sus cuencas vacias, riéndose de mí con la sonrisa sin fin de su rasgada boca, ornada de una dentadura completa, nítida, correctísima... ¿Estaría aquéllo allí ya, cuando yo entré en mi cuarto? Pero... ¿qué es esto? ¿Enloquezco? ¿Qué es lo que pregunto? ¿Tanto va á poder el miedo en mí que me torne idiota? -Bueno, sí; todo lo que quieras- -me contestaba yo; pero tú estás asustado... tú no duermes... tú no dormirás en toda la noche... porque... ¡mira que si eso fuese lo otro! Si esa calavera fuese la de él... la de Nel el monstruo, á quien tú, tan valiente antes, te has atrevido á evo- ésta- -añadí con aíres de triunfo- -éí a rió és Jü calavera; no puede ser su calavera, destrozada por el balazo; porque- á Nel, seguramente, le hicieron la autopsia; serraron su cráneo... y éste aparece intacto, unidos sus huesos por los arabescos inimitablis de las suturas... ¡Ésta no era aquél... ¿No es -iert... í Jlli grito retumbo en toda la casa... La calavera me contestó, sí; me contestó moviéndose, osnlando sobre la repisa, inclinándose hacia afuera, cayendo sobre el sillón, rodando por el suelo... ¡y abriéndose, como una caja cuya tapadera saltase por el choque! Aquel cráneo había sido serrado... uno de los temporales estaba horadado... el parietal opuesto presentaba un enorme boquete... ¡Aquella calavera, era la calavera de Nel! -4 fá X- car! Si fuese esa calavera la de aquel que se filtraba por las puertas; que se evaporaba por las chimeneas; la de aquel que tenía pacto con el demomo, si no era él el diablo mismo. ¡Anda, bravo; atrévete ahora! ¡Dile algo! Aquello era horrible. Frío sudor humedecía mis sienes; temblaban mis manos; el más intenso de los terrores se había apoderado de mí. ¡N o no puede ser! -exclamé, sobreponiéndome á mi espanto, asiéndome á una idea salvadora, á un pensamiento amigo. -No tendría nada de particular que ello fuese, tratándose de un médico que ya fincaba aquí al ocurrir la muerte del bandido... Bien podría mi amigo, al correr de los tiempos, haberse hecho dueño de esta calavera, para estudiarla, extrayéndola del regazo amante de la madre común, dé la tierra bendita... pero Toda la maldad que dentro de ella se encerró algún día habrá desaparecido... En su lugar serpenteaba una repugnante salamanquesa, que allí se había deslizado y que de allí huyó azorada, dejando sobre la alfombra su amputada cola, signo vivo de interrogación que se agitaba- -según los chiquillos aseguran, -echando maldiciones... i Nel: que Dios te haya perdonado. Perdónanie tú si, osado y necio, removí tus cenizas durante la horrible noche pasada... Yo te prometo, como desagravio, que ahora mismo van mis manos propias á devolver estos restos tuyos á la tierra bendita, á la madre amante, de cuyo regazo no debiero; j salir... porque aún no se ha oído el clangor de Li trompeta del Ángel, en el tremendo día... VICENTE DIEZ DE TEJADA. Dibujos de Méndez Bringa.