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gracia. El monstruo cometió la torpeza de perdonar la vida á una de sus victimas- -una garrida moza, -enamorándose de ella; y, lo que es natural, Dalila no se contentó con la tonsura, sino que aprovechando el sueño de Sansón, en las soledades del monte, le disparó á quemarropa un cachorrillo, cargado con todos sus odios, propulsores de una bala, y le atravesó la cabeza de parte á parte. Iba yo á Pomares, á pasar unos días en compañía del titular del pueblo, viejo amigo mío, á quien no había yo vuelto á ver desde mi partida para América. Ya le había anunciado yo mi visita, sin precisar fecha, antes bien, quedando en fijarla; pero prometiéndome en mi fuero interno llegar yo antes que el aviso, para sorprender al galeno; y si él aquella noche no contaba con el huésped, no contaba yo con la huéspeda: con la noticia que al apearme de mi jamelgo me dieron los viejos servidores de mi amigo: ¿Usted es el señor indiano? ¡Y el amo que no está en casa ni volverá en toda la noche! ¡Pues me he lucido! ¿Y qué hago yo ahora? ¡Otra! ¿Y qué ha de hacer, cristiano? ¡Pues entrar y aposentarse y esperarlo, que aquí nos. tiene usted para servirlo, y mañana será otro día! i Pobres gentes! Su cordial hospitalidad haría reír si no fuese tan sincera. Me sirvieron la cena respetuosos, de pie ante mí, y después de un ratito de sobremesa, al retirarme ya, ocurriósenie una broma de pésimo gusto, lo confieso, y viniéndoseme á las mientes la truculenta historia de Nel, quise ver qué efecto producía en los pobres viejos el recuerdo de la feroz alimaña. -De modo que ustedes- -les dije poniéndome muy serio- -se han creído que yo soy el señor indiano, el amigo ese... á quien espera el amo, ¿no es eso? Miráronse los infelices alarmados, y me contestaron premiosamente, temiendo haber cometido alguna ligereza: -Pues claro está, señor... ¿Quién si no... ¿Quién si no? -continué yo ahuecando la voz y clavando en ellos mis furiosas miradas. ¡Y me tenían por muerto! ¡Y creían que aquélla me había matado! Como si á mí se me pudiera matar! ¡A mí! -Pero Dios inío, ¿quién es usted? -imploraron los viejos temblando. Y yo, levantándome, grité dando un puñetazo sobre la mesa: ¡Nel! ¡Jesús, María y José! -exclamaron ellos retrocediendo. ¡Vaya, señor, por Dios, no diga esas cosas! ¡Deje en paz al difunto... y que Dios lo haya perdonado! Tan pálidos los vi, tan dominados por el espanto, que recogí velas y añadí solemnemente: -Bueno; Nel, Nel, precisamente no os diré yo que sea, porque él era joven y yo soy viejo; pero amigo suyo sí que lo fui... y os aviso que al pasar lo he visto rondando por el cementerio con una mortaja blanca, un gorro negro, un puñal en la mano y dos ascuas de fuego en los ojos... y me ha dicho que ya que el amo no estaba, vendría él esta noche, á hacerme compañía... De modo que no os asustéis si sentís que llaman á la puer... Y en este preciso instante, el viento golpeó con estrépito una mal cerrada ventana, y al estampido del portazo... -no se reían ustedes, -saltaron los viejos... y salté yo, como impulsados por un resorte. Un cañonazo pareció aquello... Reíme de ouena gana de ellos y de mí, y tranquilizándolos como pude, me dejé acompañar á la habitación que me tenían ya preparada. Era ella la mejor pieza de la casa; un gabinetito contiguo al despacho del doctor, con puerta de escape al pasillo y con vidrieras que se abrían á la solana. Colocado estaba el lecho de tal modo, que desde él veíase perfectamente una gran parte del despacho, atiborrado de libros, y aun la mesa y una vitrina, dentro de la cual refulgía espantosamente el arsenal de instrumentos horrendos que, á fuerza de dolores, vencen al dolor. Un gran reloj de pesas golpeaba severo y reposado desde un rincón de la estancia... Las inseguras puertas del interior de la casa, cerradas sin ajuste, temblaban combatidas por el viento; y era cosa chocante oír cómo al primer golpe, apagado, confuso, del lejano portón, respondía luego otro, y otro, y otro á estos, y otro más, acercándose, aclarándose, hasta terminar en la vidriera de la solana, como si un ser invisibk recorriera la casa toda haciendo retemblar sus puertas, que pretendían negarle el paso. Los golpes comenzaban lejos y confusos, allá por el zaguán, por las cuadras... y avanzaban cada ve; más claros y más próximos, hasta terminar en m: cuarto mismo, y todo ello, casi simultáneamente con rapidez asombrosa... Y al paso del raudo viajero, que dejaba sentir sobre las maderas el ruidc de sus nudillos, oscilaba la llama de la bujía, á cuyos reflejos yo, acostado ya, pretendía leer, llamando al sueño. Bueno: pues, entonces- ¡estúpido de mí! -me dio por acordarme de él: del monstruo ya difunto, del diabólico Nel... y de la visita suya, que yo, á mí mismo me había prometido... ¿Se reirán ustedes de mí si les declaro que sentí miedo? Comencé á ponerme nervioso, intranquilo... Huía el sueño de mis ojos, y el golpeteo del reloj llegué á confundirlo con el de mi corazón, que sonaba, hasta dejarse oír sordamente, dentro de la jaula de mi pecho... ¡Viejo y enfermo, tornaba á sentirme niño! Claro está que me sobrepuse á mis pueriles y ridículos temores. Pensé cerrar la puerta del despacho, aislándome en mi celda... pero, ¡mire usted qué diantre! en la alcoba no había timbre, ni llamador, ni siquiera una mala campanilla de mano... ¿Cómo llamar si me ocurría algo durante la noche? Opté por dejar abierto; esperé otro rato á ver si el adusto Moríeo acudía á mis llamadas... y seguí oyendo- los golpes de las puertas en la soledad silenciosa de la casa; los del viejo reloj en el aposento contiguo y los de mi corazón, no más joven, en el interior de mi pecho... Aburrido ya, me decidí á apagar la luz. La vela ardía sobre la mesa de noche, entre mi cama y la puerta que daba al despacho... Me incorporé, aspiré con fuerza, llenando mis pulmones de aire, inicié el soplo, alargando los labios... y me quedé inmóvil, petrificado, muerto... Sobre el respaldo del sillón del médico, apoyada en una repisa, blanqueaba una cosa, alumbrada por la incierta claridad de la luna... No la había yo visto hasta aquel instante... ¡Ella sí que me miraba á raí! Era una calavera.