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LA FORTUNA DE NICOLÁS CONCLUSIÓN A l tercer día, Nicolás no estaba menos cansado que los anteriores, pero inútilmente halló en su camino ninguna rueda que necesitase un clavo, ni una espita rota que reclamase la urgente aplicación de la estopa; pero, de todos modos, el re- sultado hubiera sido el mismo, pues ni más clavos, ni más estopas llevaba en su zurroncito el pobre Nicolás. Siguió su camino penoso y largo sin encontrar alma viviente. Ya por la tarde, el estómago le re- cordó imperiosamente que era hora de tomar alimentó. Pensó con alegría que, sin necesidad de ningún auxilio, podía satisfacer el hambre, porque en su zurrón llevaba cinco céntimos, lo bastante para comprar un panecillo. Pero en aquel momento llegaron á sus oídos los acentos suplicantes y lastimeros de una pobre criatura, que decía: ¡Tengo hambre! -También yo- -repuso Nicolás sinceramente. -Pero tú eres grande y puedes trabajar. -Y tú eres pequeño y puedes pedir limosna. -Sí, pero nadie quiere dármela. ¿Por qué? -Porque soy hijo de un hombre de m a k reputación. ¿Y tu nxdre? -No la tengo. Se murió siendo yo muy pequeñito. Y una lágrima rodó por las mejillas de Nicolás, que, abnegado, sublime, heroico, le dio sus cinco céntimos, toda su fortuna, y prosiguió su camino más triste, más vacío, más melancólico que nunca. Cuando uno está de esta manera atormentado, sólo hay un consuelo, dormir, y Nicolás, resignadamente, silenciosamente, adentróse en una huerta y se dispuso á sestear bajo la paz y la sombra de un olmo. Desde su rinconcillo observó cómo una pobre vieja buscaba y recogía, en los cuadros de las hortalizas, patatas y tomates que en vano trataba de guardar en su remendado delantal, pues al inclinarse, cuantas veces lo hacía, caían los frutos en tierra, reanudando la operación fatigosamente la viejecilla, sin resultado alguno. Condolido de sus inútiles esfuerzos, Nicolás la ofreció su saquito, para que en él guardara cuanto trabajosamente recogía. -Tomad- -la dij esto os ahorrará tiempo y trabajo. Entonces la anciana -que era una hada buena que quiso poner á prueba la virtud y la generosidad de Nicolás- sacó el clavo é hizo una rueda, lespués otra, y luego un carrito, con un caballo muy majo; de la estopa sacó una espita y después un tonel, y otro, y otro, que llenó de vino riquísimo; tiró al aire la perra chica y cayeron al suelo muchas monedas de oro, que puso en. las manos de Nicolás, y, por último, de la lágrima de nuestro héroe hizo una hermosa perla en rectierdo de la bondad y grandeza de su corazón. Hecho esto, subió á Nicolás en su carro y le dijo: -Todo esto es para ti. Trabaja, negocia y sé bueno. ¡Quién lo habría pensado- -repuso, resplandeciente de alegría, Nicolás- que pudiese haber una. fortuna en un clavo, una madeja de estopa y una moneda de cinco céntimos! La vieja respondió: -La fortuna no estaba en eso, niño mío, sino en tu corazón bueno y sereno. E. CARRARA. T ri TI LA HERENCIA Falleció viudo y sin hijos don Garlos, rico hacendado, y al abrirse el testamento todo el pueblo habló del caso porque de cuatro sobrinos que heredaban á don Carlos, e! mejor y el más querido