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mi: k; í SASTRE ILUSTRE ohn Williamson ha muerto en Londres recientemente. John Williamson merece un epitafio Sobre su tumba debieran colocar los hombres elegantes la ofrenda de una levita bien cortada. Porque si im sastre bueno es casi mirlo blanco, un sastre único, descomunal, un Paquin del sexo feo, vale un túmulo y una estatua. La vida de John Williamson fué admiral) lc. Nacido en Escocia, se dedicé) desde su infancia al manejo de las tijeras y el jaboncillo Obtuvo grandes éxitos. Después, ya en edad madura, concibió el atrevido plan de establecerse en París, lleno á la sazón de magníficos sastres; de anular sus glorias, de vencerles y de llegar á vestir al mundo aquel, refinadísimo, de entonces. Esto concibió y esto puso en práctica, con estupenda fortuna. El público de París, el gran público, empezó á estimar su atrevimiento en lanzar figurines, su corte excepcional. Vistió á lo más chic de las Cámaras parlamentarias, á los académicos ilustres dados al buen tono, á la aristocracia, á la banca: después, y aquí tuvo lugar su más decisiva victoria, lo tomó bajo su protección el rey Eduardo VII, aquel príncipe fastuoso cuyos gustos eran ley inapelable de elegancia, y lo consagró como el primer sastre del mundo. Su casa fué desde entonces un jubileo, una romería de lo epatant. Se le encargaba ropa por telégrafo. Dicen los que fueron vestidos por sus manos, que conocía la magia de transformar á los hombres. Fué el único sastre c ue no tuvo figurines para todo el mundo. Vestía á cada persona según su tipo, su modo de andar, su estatura, hasta su psicología. John Williamson ha sido el genio más grande que recuerdan y tal vez c ue recuerden los fastos de la sastrería. Cuando ahorró algunos miles de libras esterlinas, y no ahorró muchas porque, como todos los grandes hombres, fué dispendioso, se retiró á su país natal, un lindo pueblecito escocés, donde se hizo construir un hotel y donde ha vivido feliz hasta su muerte. Retirado y todo, algún viejo currutaco inglés le escribía ó le visitaba para pedirle consejo, un sabio consejo, en cuestiones de indumentaria. Y ahora, en uno de estos pasados días, y hallándose en Londres, falleció. Yo he creído justo recordar su vida gloriosa con este motivo lamentable y hacer su elogio merecido. John Williamson, lector, ¡fué un gran sastre! En nombre de la elegancia viril, ¡una lágrima! PETIMETRE. 3