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t í: tí Í í- Lea, esposa de Titta Bnifo. Tltta Ruíío. Raífetto y Velliatina. C A S O S Y C O S A S D E TITTA R U F F O nuevo de cíe quien tanto se ha dicho y escrito? Vamos á intentarlo invadiendo su vida íntima y perdón por e. ta indiscreción periodística, en la que incurrirá el curioso lector con n usto. Para Titta Ruffo hay un mundo más grande que el del arte, con ser éste inmenso. ICse mundo e constituyen L. ea, su e posa, y JíiaTeto y Velliatina, sus iiijos, dos bamoiiios de corta edad. En las expecuciones á America aco; i; paña Lea á su marido y los pequeñuelos quedan en Italia al cuidando de sus tías, liermanas de RuffOj- Vellia, Fosca, Nella y, ét- tima, con quienes ef hoíí ííifiVtisí ta compartió un dia los rigores y penas de la adversidad; porque hasta que en un viaje á Rusia ganó los primeros cien mil francos, pasó to suyo, como se dice por aquí. Cuando vuelve al continente Titta vive en primer término para sus pequeños, después para su arte y después para sus sellos. Es también un filatélico empedernido. Lo que tiene es que no puede sustraerse á la intluencia del teatro. Ha teñirlo un secretario, cocinero y maestro de piano, todo en una pieza, que se llamaba Llamlet. La doncella de su esposa se llamaba Aída. Por cierto que Hamlet no era un Radamés para Aída y sus dúos solían degenerai, no en concertantes, sino en verdaderos desconcertantes... EZn una ocasión pasaba una temporada en una aldea del Tirol, Vi 0 CRAT 5 EM 0 S decir algo L este artista popular vía en aquel rincón un desdichado medio loco, medio tonto; deforme, desdentado, feo y picado de viruelas. Hombre al fin, enamoróse el infeliz de una garrida moza que, naturalmente, no le hacía caso y se burlaba de él, aunque esto no fuese natural ni piadoso. L o s aldeanos apuntaban al desdichado las frases de amor que debía decir á la, d, ueña de sus pensamientos, y el buen tirolés hacia esfuerzos por retener en su torpe memoria, aquellas palabras, que luego disparaba á la ingrata cuando pa. saba á su vera, recogiendo en premio burlonas carcajadas. Titta estudió de cerca este tipo para reproducir su figura y su temperamento en el papel de Tonio, de Pagliacci. Y como el extraviado del villorrio del Tirol, Ruffo sale á cantar el prólogo de la ópera de Leoncavalho, deforme, picado de viruelas, con la dentadura mellada, balbuciente y con la mirada vacilante. Se sienta en la concha del apuntador, como el tirolés se sentaba en una piedra del camino al paso de la coqueta tirolesa, y hace creer que le apuntan desde detrás del telón lo que canta, del mismo modo que el tonto de la aldea recogía las frases de sus convecinos para decírselas después á su ídolo. De este modo ha hecho Titta Ruffo una estupenda creación del Tonio, de Pagliacci. Cantando esta ópera logrará seguramente del público madrileño mayores éxitos que los conseguidos hasta aquí. ¡Y ya es lograr! ÁNGEL MARÍA CASTELL. Tltta Kufío eu la Intimidad.