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estuvieran del mejor humor, como si fueran los dos seres más ingeniosos del mundo. Isabel temblaba en lo más íntimo de su corazón. Que no se llevase nadie á la otra! ¡Que ixO la dejaran en mitad del salón, acompañada por el ridículo! Pero vino un galán y se llevó á la compañera. Y entonces Isabel se vio sola, sola, ultrajada. Y miró en su torno. Las madres, ricas, bellas aún, estaban sentadas y reían. Las hijas danzaban y reían también. Todo reía, hasta el vals. Y todo reía de aquella pobrecita cursi que se había quedado sola. Una pareja la empujó. Otra, hizo lo mismo. Cuando tegida, mimada. Se fue ofvíd ancío deí ridículo rió y fué dichosa. Cuando acabó la fiesta, y mientras Enrique ponía sobre los hombros de Isabel su abriguito de pieles baratas, Carlota se le acercó riendo: -Parece que te gusta mi prima... Enrique sonrió con una sonrisilla disoluta: ¡Bah... la pobre Isabel! Tú no sabes, chiquilla, el encanto que tienen para un rato las primas cursis de las mujeres guapas... Luego se inclinó ceremonioso ante Isabel y sonrió prometedoramente. t V lí: quiso escapar, unas terceras parejas la interceptaron el paso. Comprendió que iba á llorar y sintió miedo, un miedo fulminante al ridículo. Y nubiera querido morir y que aquella tragedia repentina interrumpiese aquellas risas maliciosas, crueles... ¿Quiere usted bailar? Se volvió sorprendida. Enrique, más guapo, más decidor y amable que nunca, le ofrecía su brazo. -Sí, gracias... Y bailaron entre las gentes atónitas á quienes ¡es parecía estupendo el mal gusto de aquel hombre. Y luego pasearon juntos por todas partes, pues el galán parecía dispuesto á ostentar como en triunfo á su pareja. Y tornaron á bailar. Y tomaron asiento juntos. Y Enrique hablaba con deliciosa tibieza persuasiva. Y la pobrecita cursi, pro- Bajaron la escalera. Rodó el coche. Isabel subió á su cas? rorriendo. La madre, insomne, impaciente, sé hallaba en el comedor, esperando. ¿Te has divertido, hija mía? Cuenta, cuenta... Y la hija tomó asiento, jubilosa, después de lanzar una risita llena de contento, empezó á referir. ¿Divertirme? No. Las primas son unac envidiosas y unas infames. Quisieron divertirse á costa de mi timidez. Estuve á punto de convertirme en el guiñapo de toda aquella gente. Temí llorar. Pero no te apures, mamaíta. En cambio... En cambio, conocí á un hombre más guapo y más bueno... Verás, tuvo un rasgo admirable. ¿Te lo cuento? Pues mira. Estaba yo sola... Y la luz matinal sorprendió á Isabel contándole á su madre la delicia de aquel encuentro... LUIS ANTÓN DEL OLMET. dibujos de Méndez lírínga.